
Cuando pensamos que habíamos dejado atrás nuestro pasado de país de charanga y pandereta, ¡zas!, viene Marruecos a ponernos en nuestro sitio.
Una parte del territorio español ha sido invadida por el país vecino y ¿qué hacen nuestros dirigentes? Nada. Mítines, declaraciones. Nada. En realidad, nada. Está claro que Marruecos los tiene cogidos por los innombrables.
¿Y qué hacemos el resto? Pues pelear entre nosotros, por supuesto.
Como yo veo el mundo desde mi perspectiva de mujer, voy a centrarme sobre todo en mi sexo, que es además el que más sufre en caso de conflicto. Y como llevo años predicando la importancia del lenguaje, voy a separarnos en dos bandos: eufemismo y realismo.
Bando eufemismo
Manipulan a través del lenguaje. Saben perfectamente que lo que no se nombra no existe. Así, invasión pasa a ser «entrada masiva» o «influencia masiva y simultánea», y los invasores, «personas migrantes en situación irregular». Los ceutíes deben asumir una «realidad estructural», en vez de tener que acostumbrarse a la idea de que su propio país los abandonó a su suerte. O peor, que los vendió a Marruecos.
Bando realismo
Nombran a las cosas por su nombre. Ya está. No necesita más explicación.

Hay innumerables testimonios de ceutíes desesperadas porque no pueden salir de casa sin miedo, de madres que temen por sus hijas e hijos, sobre todo ahora, que empieza el curso. Hay imágenes del basurero en el que se ha convertido la ciudad, y sobre todo la playa, que los ceutíes ya no pueden utilizar. Las colas y grupos enormes de hombres. Las niñas marroquíes en naves, campamentos o casas de vecinas, para protegerlas de sus compatriotas.
Es una situación desesperada para mujeres y niñas. Para todos los ceutíes, pero sobre todo para ellas.
Y ahora llega la típica y original pregunta que hace todo cretino que se cree ingenioso: ¿Dónde estaban las feministas? Pues os lo voy a contar.
Las feministas de a pie, con cuentas en redes sociales, estaban llamando nazis a todo aquel que apoyara a los ceutíes.
El feminismo hegemónico, más de lo mismo, pero en comunicados y artículos, con más o menos sutileza. Y lo que no ha hecho es ponerse de parte de las ceutíes. Ni un mensaje de apoyo. Dejó claro y bien claro que quienes importa aquí son los invasores, no quien tiene que sufrirlos.
El PFAC, aunque admite en un comunicado «el grave impacto de esta situación en la vida de la población ceutí», encuentra «del todo inaceptable deshumanizar a personas o grupos», y pide «priorizarse la atención humanitaria y la asistencia legal de las personas que siguen en Ceuta».

La presidenta del Partido Feminista, Lidia Falcón, se despacha a gusto en un artículo donde equipara a los gobernantes que se preocupen primero por el bienestar y la comodidad de sus nacionales con Hitler, y donde dice que el que los ceutíes quieran un poco de orden en su propio territorio, significa para ella encerrar a los invasores en campos de concentración. Que sus compatriotas no quieran a indocumentados extranjeros durmiendo en sus aceras equivale a pedir las cámaras de gas y los hornos crematorios.
No tengo ni palabras.


Yo creía que el feminismo era la lucha de las mujeres por desmantelar el patriarcado. Ingenua de mí. Según las madres superioras del feminismo, también tiene que ser marxista, vegano, animalista, antisionista, antiotanista. Antiamericano, pero muy propalestino.
Nada, que no cumplo. Está claro que no doy la talla, y lo único que soy es una activista por los derechos de las mujeres. De todas las mujeres, cuidado, incluso de las judías que comen carne de cerdo y votan mal.

