Los burócratas del Ayuntamiento están intentando criminalizar el patriotismo.

La guerra contra la bandera de Inglaterra está cobrando fuerza. Esta semana, el Ayuntamiento de Birmingham, la mayor autoridad local del Reino Unido, ha anunciado su intención de tipificar como delito las muestras públicas de patriotismo. Considera que la amenaza que supone la Cruz de San Jorge es tan grave que incluso va a llevar el asunto ante el Tribunal Superior.
Birmingham, al igual que otros ayuntamientos que han adoptado medidas similares, ha intentado restar importancia a cualquier vínculo entre sus acciones y la bandera de Inglaterra. Afirma que sólo pretende «prohibir los elementos no autorizados» que puedan aparecer en las vías públicas de la ciudad, como «banderas y pancartas». Pero esto no engaña a nadie. De hecho, una declaración de la concejala verde Jane Baston en defensa de la prohibición, en la que invoca la «cohesión comunitaria» y la «seguridad pública», nos dice todo lo que necesitamos saber.
La campaña «Raise the Colours» del verano pasado, el movimiento de base que colgó banderas de la Unión Jack y de San Jorge en las farolas de toda Inglaterra (artículo en español), nunca sentó bien a los burócratas woke que ahora dominan los ayuntamientos. En abril, el Consejo del Condado de Oxfordshire anunció que emprendería «procedimientos civiles y penales» contra todo aquel que fuera sorprendido izando una bandera nacional en propiedades municipales. La líder del consejo, Liz Leffman, afirmó que la proliferación de banderas inglesas había hecho que los vecinos se sintieran «angustiados, rechazados e inseguros en sus propias comunidades». Así que las banderas tenían que desaparecer.
Luego le tocó el turno a Bristol. Perturbado por la oleada de orgullo nacional inspirada por el Mundial, el ayuntamiento, liderado por los Verdes, dictó su propia fatwa contra la bandera inglesa (una fatwa es una sentencia o dictamen religioso emitido por un erudito islámico). Según nos dijeron, esto era para garantizar que Bristol siguiera siendo «acogedor, respetuoso y seguro para todos durante el torneo». Así pues, los ingleses que viven en Inglaterra tuvieron que frenar su entusiasmo por la selección de fútbol inglesa, no fuera que algún inmigrante se sintiera ofendido por la bandera nacional del país en el que había elegido vivir.
Este neurótico autoodio no se limita únicamente a los ayuntamientos. Esta semana también nos hemos enterado de que el Ministerio del Interior proporcionó apoyo en materia de salud mental a los funcionarios que consideraban que la bandera inglesa les «provocaba malestar». Cuando comenzó la campaña «Raise the Colours», se convocó una reunión en un «espacio seguro» para tratar el «preocupante uso indebido» de la Cruz de San Jorge. El Ministerio del Interior ofreció once tipos diferentes de apoyo.
Esos apparatchiks que desprecian la bandera inglesa dirán sin duda que la bandera ha sido «apropiada indebidamente». Afirmarán que el problema no es la bandera en sí, sino la «extrema derecha». Pero está claro que eso no es cierto. El año pasado, cuando un colegio reprendió y echó de clase a una niña de 12 años por llevar una bandera de la Union Jack con lentejuelas al Día de la Cultura de su colegio, no fue porque supusiera una amenaza para la «cohesión comunitaria», sino porque se sentía orgullosa de ser inglesa. Es difícil evitar la conclusión de que el verdadero objetivo de estas prohibiciones de banderas es neutralizar el sentimiento patriótico entre la población.
Las medidas del Ayuntamiento de Birmingham son especialmente preocupantes. Se trata de un ayuntamiento que está en quiebra desde 2023. Lleva más de un año sin poder recoger la basura de sus calles. Algunas zonas de la ciudad se han convertido en un vertedero al aire libre, donde proliferan ratas casi tan grandes como gatos. Sin embargo, en lugar de hacer algo respecto a la pocilga distópica en la que se ha convertido su ciudad, los concejales dedican su energía y sus recursos (es decir, los recursos de los residentes) a prohibir la bandera inglesa.
De hecho, cuanto más se profundiza en Birmingham, más preocupante resulta todo. ¿Es correcto que esta ciudad ilumine su biblioteca de verde y blanco para celebrar el día de la independencia de Pakistán, pero persiga penalmente a quienes se atrevan a colgar una bandera inglesa en sus farolas? Sectarios islámicos gobiernan la ciudad en coalición con los Verdes. ¿No es un problema que Birmingham pueda comenzar sus sesiones del ayuntamiento con oraciones islámicas en árabe, mientras que a los residentes se les amenaza con procesos penales por expresar su orgullo por Inglaterra? La prohibición de la bandera no es más que un síntoma de un malestar cultural mucho más profundo.
Por eso debemos plantarnos ante estos ataques a la bandera inglesa. Sentir orgullo por tu país no es un delito, es un derecho. Y, como todos los derechos, será difícil recuperarlo una vez perdido.
(Bonus track de la traductora: aquí los concejales, en la página oficial del ayuntamiento, por si les queréis ver las caras.)

