
El fallo en el caso Tickle contra Giggle era totalmente predecible y no por ello menos escandaloso o indignante, precisamente por ser previsible. Cualquiera que estuviera prestando atención podía ver qué dirección llevaba esto. Aun así, ver cómo se materializa, ver cómo la ley se desvincula formalmente de la realidad material, es algo muy distinto. Mi corazón está con Sall Grover y con quienes entendieron que esto nunca se trató sólo de una aplicación.
Giggle, lanzada en 2020, era un espacio exclusivo para mujeres. No era controvertido. No era extremista. Una premisa sencilla: las mujeres, hembras humanas adultas, tenían una plataforma o un espacio para reunirse entre ellas. Este límite básico ahora se considera ilegal.
En 2022, Roxanne Tickle, un hombre, impugnó su exclusión de la aplicación. Llevó a Grover a los tribunales. Y ahora los tribunales han respondido: las mujeres no tienen derecho a definirse a sí mismas como una clase sexual si esa definición excluye a un hombre que diga ser lo contrario.
En 2024, el tribunal determinó que existía discriminación indirecta. En la apelación del 15 de mayo de 2026, fue incluso más lejos. Confirmó el fallo, reconoció la existencia de discriminación directa y duplicó la indemnización por daños y perjuicios. El mensaje es inequívoco: el sexo ya no es una categoría fija y biológica en la ley. Se ha convertido en un objeto móvil, subordinado a las reivindicaciones de identidad autodeclarada.
Esto no es una anomalía jurídica. Es el punto final lógico de una campaña de una década para disolver el binarismo sexual, no mediante consenso democrático, sino a través de la captura institucional y la tiranía del capital.
Lo vimos suceder en tiempo real.
Separar la biología del derecho
En 2017, en las audiencias del Senado de Canadá sobre el proyecto de ley C-16, Jordan Peterson se levantó y dijo en voz alta lo que nadie se atrevía a decir: el Estado estaba a punto de imponer el discurso. No sólo regular la conducta, sino imponer creencias. Si negarse a utilizar los pronombres impuestos podía considerarse acoso, entonces la ley ya no era neutral. Era una imposición ideológica.
Peterson advirtió que el concepto de identidad plasmado en la ley, fluido, subjetivo, desvinculado del cuerpo, era incoherente. La identidad no es algo que se declare para que exista, argumentó. Está limitada por la realidad. Si se eliminan esas limitaciones, no se libera a las personas, sino que se desestabilizan las mismas categorías de las que depende la ley.
En esas mismas audiencias, la feminista Meghan Murphy articuló la otra mitad de la trampa: «El género es un constructo social». Esa afirmación, importada de décadas de teoría académica, popularizada a través del feminismo y de psicólogos como el Dr. John Money, reduce el sexo a la cultura. Si el género se construye y la identidad se autodefine, entonces el propio sexo se vuelve negociable.
Y una vez que el sexo es negociable, las mujeres dejan de existir como una clase coherente.
Ahora esto ya no es sólo teórico. Es ley.
Un fracaso de la lógica y la estrategia
El fracaso, tanto estratégico como intelectual, se produjo cuando esta premisa no fue cuestionada prácticamente por nadie. En lugar de mantener firme la posición de la realidad, la batalla se reformuló como un asunto de seguridad: mujeres contra hombres depredadores en espacios femeninos. Una preocupación real, pero un argumento perdedor. Se cedió la base mientras se discutía sobre los síntomas.
El resultado es el grotesco espectáculo que vemos ahora: un conflicto fabricado entre «derechos de las mujeres» y «derechos trans», como si ambas fueran categorías naturales que chocan entre sí, en lugar de ser la consecuencia inevitable de redefinir el sexo hasta hacerlo desaparecer.
Mientras tanto, los motores más profundos de este cambio permanecen convenientemente ocultos.
Estamos viviendo en una época en la que el cuerpo humano, especialmente el cuerpo reproductivo, se está descomponiendo en partes, servicios y mercados: FIV, gestación subrogada, venta de gametos, criopreservación, programas de donación, transferencia intratubárica de gametos, preimplantación, pruebas genéticas, eclosión asistida y un sinfín de procedimientos legales para regular estos procesos.
La reproducción ya no es un proceso biológico unificado, sino una industria global. El sexo, bajo este modelo, se vuelve modular. Opcional. Reconfigurable.
¿Es realmente tan sorprendente que la cultura haya seguido el mismo camino? ¿Que la ley esté haciendo ahora lo mismo?
Australia, donde se resolvió el caso Tickle contra Giggle, no es una jurisdicción cualquiera. Es líder mundial en tecnologías de reproducción asistida. Un porcentaje significativo de sus criaturas son concebidas mediante FIV. La misma sociedad que está desmontando tecnológicamente la reproducción está desmontando legalmente el sexo. En algunas escuelas australianas se enseña a menores de entre 7 y 10 años sobre tecnologías reproductivas, como la FIV y la concepción mediante donantes, normalmente dentro del plan de estudios de salud de secundaria. Estos temas se incluyen cada vez más para reflejar las estructuras familiares diversas (hola, LGBTQI+ S.A.) y los desafíos modernos de fertilidad (la atracción hacia el mismo sexo y la esterilización de la siguiente generación por motivos de identidad crean muchos problemas de fertilidad), a menudo bajo el paraguas de la educación integral sobre sexualidad y relaciones, alejada de cualquier análisis de mercado.
Puedes llamarlo coincidencia si quieres. Yo no, y la enorme cantidad de capital que se ha invertido en promover la disociación de la realidad sexuada como algo progresista me da la razón.
Lo que revela Tickle v. Giggle no es compasión, ni progreso, ni expansión de derechos, sino el colapso de una categoría y la apertura de mercados que surge de esa fragmentación. Cuando una categoría se derrumba, las personas definidas por ella pierden su base. Las mujeres son simplemente las primeras en sentir toda la fuerza de esta tiranía. Sin embargo, el sexo reproductivo nos afecta a todos y no tardará mucho en que todo el mundo sienta el golpe de esta implosión de la realidad.
A las mujeres se les está diciendo ahora, en esencia, que no son una clase biológica con límites compartidos, sino una identidad abierta a cualquiera que la reclame. Que no tienen derecho a definir sus espacios porque éstos no les pertenecen. Que sus objeciones son discriminatorias. Que la propia realidad es negociable.
Rechazar la noción antirrealista de las «personas transgénero»
Esto no es liberación. Es borrado y marketing disfrazados de inclusión y compasión.
Y no se detendrá aquí.
Porque una vez que la ley se desvincula de la realidad material, respaldada por tecnologías médicas que avanzan más rápido que nuestra percepción sobre estos cambios, no hay ningún principio limitador. Si el sexo puede redefinirse, ¿qué no puede ser redefinido? ¿Qué categoría permanece estable? ¿Qué frontera resiste?
Cada vez es más obvio que la respuesta es ninguna. La castración ya se ha convertido en «medicina de género», la propaganda de los conglomerados mediáticos que funciona como adoctrinamiento de secta se ha vuelto «contagio cultural», lo que está bien está mal y los fetiches son identidades progresistas. Me recuerda a un monólogo del cómico George Carlin sobre el poder de renombrar la realidad con un lenguaje suave.
Por eso este caso es importante. No por Giggle. No por Tickle. Sino porque pone al descubierto el mecanismo: redefinir la categoría, institucionalizar esa redefinición y, a continuación, atacar al que se niegue a acatarla. Es un asalto político y de mercado contra los cimientos de la realidad misma, no sólo contra los derechos de las mujeres.
Las mujeres no serán las únicas en sufrir todo el peso de este proceso. Simplemente son las primeras.
Hay una salida, pero requiere algo que ha venido escaseando: la voluntad de decir no al concepto de una tercera categoría de individuos sexuados. Decir que el sexo es real y binario. Que importa. Que la ley no puede funcionar si sus categorías fundamentales se disuelven en reivindicaciones subjetivas.
Hasta que eso ocurra, seguirán produciéndose fallos como este. Y cada uno de ellos moverá la posición un poco más lejos, hasta que no quede nada que defender.

