Un nuevo informe documenta los salvajes delitos sexuales cometidos el 7 de octubre, pero las voces antiisraelíes siguen redoblando su negacionismo

Hamás nunca ocultó la violencia sexual: la forma en que el cadáver semidesnudo de Shani Louk fue exhibido y escupido en las calles de Gaza, la entrepierna del pijama empapada de sangre de la rehén mientras la obligaban a subir a un coche.
Las imágenes fueron publicadas en redes sociales por terroristas palestinos y difundidas por todo el mundo el 7 de octubre de 2023. Los grupos de chat feministas se encendieron de inmediato. No, como cabría esperar, con horror ante este violento ataque, que se estaba retransmitiendo en directo. En cambio, hubo un debate. Gran parte de él giró en torno a esos pantalones ensangrentados.
Para algunas, expertas en violencia sexual, parecía una clara prueba de violación. Pero otras estaban decididas a restar importancia a lo que sus propios ojos les decían. Quizás la sangre procedía de sus muñecas esposadas, preguntaban, intentando agarrarse a cualquier otra explicación.
A los pocos días, un grupo de «destacadas académicas feministas» de Estados Unidos insistió en que no podían solidarizarse con las mujeres israelíes porque eso supondría ceder ante el «feminismo colonial». La organización benéfica británica Sisters Uncut afirmó que las denuncias de violencia sexual por parte de Hamás eran «instrumentalización islamófoba y racista». El mantra de «creed a las mujeres» quedó enterrado porque a las judías no se les permitía ser víctimas. Nunca.
Allí donde las autodenominadas feministas lideraron este ataque contra las víctimas de sexo femenino, el mundo siguió su ejemplo. Aunque la violación se ha utilizado como arma de guerra desde que existe el hombre, esta es la primera vez que fue documentada por el agresor y, sin embargo, negada.

Con el paso del tiempo, a medida que los rehenes, tanto mujeres como hombres, han regresado de Gaza con sus relatos de agresiones sexuales y violaciones, algunas de esas feministas se muestran aún más determinadas que antes en redoblar su increíble negacionismo.
La propia Relatora Especial de la ONU sobre la violencia contra las mujeres y las niñas, Reem Alsalem, se ha negado continuamente incluso a admitir que se produjeran violaciones, afirmando que «ninguna investigación independiente ha concluido que se produjeran violaciones el 7 de octubre». Sin embargo, apenas unos meses antes, su colega de la ONU Pramila Patten, que pasó dos semanas investigando denuncias de violación, encontró «motivos razonables» para creer que se produjeron actos de violencia sexual, incluidas violaciones y violaciones en grupo.
Tal es la ferocidad de la polémica y la necesidad desesperada de negar estas violaciones que, tras presentar su informe, Patten fue objeto de amenazas de muerte. El «creedla», especialmente cuando se trata de una experta neutral, acabó en la papelera. La política aplasta al feminismo real.
Por eso se creó «La Comisión Civil sobre los Crímenes del 7 de Octubre Perpetrados por Hamás contra Mujeres e Infancia». Tras más de dos años de trabajo, que incluyó la revisión de más de 10.000 fotografías, 1.800 horas de vídeo, y 430 entrevistas, su informe «Silenced No More» («El fin del Silencio») se publicó el 12 de mayo de 2026.
El informe de 300 páginas, meticulosamente documentado, ha contado con el respaldo de la exsecretaria de Estado de EE. UU. Hillary Clinton, el exfiscal jefe de la ONU, el profesor David Crane, el exasesor especial de la ONU sobre derechos humanos, el profesor Mukesh Kapila, y la experta en genocidio Alice Wairimu Nderitu. Algunas páginas de denuncias contienen más anotaciones que afirmaciones, ya que los autores del informe saben que los negacionistas examinarán minuciosamente cada detalle. Los lugares donde se produjeron las violaciones están geolocalizados y las pruebas se registran cuidadosamente.
Un patrón de violencia
El informe detalla un horror salvaje e infernal: partes del cuerpo amputadas y usadas como juguetes, decapitaciones, mujeres asesinadas mientras eran violadas y familiares obligados a cometer actos sexuales entre ellos.
Concluye que los salvajes delitos sexuales del 7 de octubre «no fueron un conjunto de incidentes aislados, sino un patrón de violencia coherente y reiterado, perpetrado en múltiples lugares y fases, desde los ataques iniciales, pasando por el secuestro y el traslado, hasta el cautiverio prolongado y la difusión digital deliberada de los abusos».
¿Bastaría esto para todos los que lo negaron? No. Porque esto va de otra cosa.
Cuando se le preguntó por qué ella, y otras destacadas feministas británicas, ni siquiera habían tuiteado sobre el informe, la Dra. Jane Clare Jones escribió: «Creemos que es un racismo y una deshumanización flagrante que se están utilizando para justificar crímenes de guerra y limpieza étnica».
En contraste, muchas de esas mujeres sí escribieron o publicaron en redes sociales sobre un artículo del New York Times, que parecía diseñado para menoscavar el impacto del reportaje «Silenced No More».
El artículo, titulado «El silencio que rodea la violación de palestinos», se publicó un día antes. Escrito por el periodista Nicholas Kristof, ganador de dos Premios Pulitzer (quien en una ocasión compartió una publicación en la que comparaba a un grupo proisraelí con «cerdos»), hacía varias acusaciones sobre agresiones sexuales a prisioneros palestinos, principalmente hombres, en cárceles israelíes por parte de israelíes.

Las acusaciones parecían basarse en testimonios proporcionados por Euro-Med, un grupo de defensa que parece tener estrechos vínculos con Hamás. Citaba al preso palestino Sami al-Sai, descrito como periodista independiente, quien ha realizado diversas y en constante modificación acusaciones de agresiones sexuales tanto por parte de israelíes como de palestinos. Al parecer, se utilizaron de forma incorrecta citas del ex primer ministro israelí Ehud Olmert, quien afirmó que sus palabras se habían usado para confirmar algo sobre lo que no le habían preguntado.
Aunque las acusaciones de violación nunca deben descartarse de plano, el informe alegaba a continuación algo que podría ser anatómicamente imposible: la violación de un hombre por parte de un perro. Y fue más allá, afirmando que los israelíes estaban entrenando a perros para violar a palestinos.
Esta acusación bien podría añadirse a una larga lista de teorías conspirativas sobre judíos y animales, ya sean delfines entrenados por el Mossad o ardillas espías (sí, en serio). Pero es imposible reírse cuando esta descabellada afirmación, y ya he leído más informes científicos de los que es sano sobre perros y sus genitales, aparece publicada en uno de los periódicos más respetados del mundo.
El Ministerio de Asuntos Exteriores israelí la ha calificado de «una de las mentiras más espantosas y distorsionadas jamás publicadas contra el Estado de Israel en la prensa moderna» y el primer ministro Benjamin Netanyahu ha ordenado poner una demanda por difamación contra el New York Times.
¿No hay nada que no estén dispuestos a decir sobre Israel? ¿No hay nada a lo que no se rebajen para difamar al único Estado judío? En 1945, George Orwell afirmó: «Una de las características del antisemitismo es la capacidad de creer historias que no pueden ser ciertas».
Y así es seguramente como acabamos teniendo historias sobre perros violadores, así como el único «genocidio en curso» de la historia mundial en el que la población ha crecido, pero que ha llevado a cinco países a retirarse de Eurovisión este año.
Dos informes sobre violencia sexual: uno investigado meticulosamente durante dos años, otro elaborado a partir de rumores y fuentes modificadas constantemente. Sin embargo, son demasiados los que prefieren creer en este último, o al menos, afirmar que ambos informes muestran que existe una equivalencia moral entre las Fuerzas de Defensa de Israel y Hamás. De verdad que vivimos en un mundo al revés, dominado por las conspiraciones.

