Clapham: cómo nuestra débil sociedad ha envalentonado a las turbas

La estupidez salvaje en las calles de Clapham pone de manifiesto una peligrosa erosión de la autoridad de los adultos.

Clapham, Blog de Salagre

(Nota de la traductora: Clapham es un barrio bien del sur de Londres. Los vídeos no aparecen en el artículo original, son dos de los muchos que hay en internet del suceso)

No se podía pedir una mejor instantánea del estado de la nación que la que nos llega ahora mismo desde Clapham, en el suroeste de Londres. Esos vídeos de policías jóvenes y atónitos que intentan, sin éxito, impedir que una turba de imbéciles y enmascarados TikTokers cause disturbios resumen a la perfección la situación de Gran Bretaña. La visión distópica de familias atrincheradas en tiendas mientras delincuentes invaden con aires de superioridad las calles por diversión pone de manifiesto la crisis de orden social que sufrimos. Para ver las locuras que puede desencadenar la erosión de la autoridad adulta, no hay más que mirar a Clapham.

Ya van dos noches en las que jóvenes salvajes se han echado a las calles de Clapham aparentemente sin más motivo que la fugaz excitación de molestar a la gente corriente. Sus payasadas performativas forman parte, al parecer, de una «quedada» de Semana Santa organizada en TikTok. En sus corralitos digitales, estos jóvenes aburridos tramaron reunirse en público con la intención más antisocial posible: molestar a la gente. Con sus ropas negras y sus máscaras ridículas, amenazaron por las risas a los que estaban de compras. Marks & Spencer, Sainsbury’s y Boots se vieron obligadas a cerrar, y algunas tiendas permitieron a los clientes quedarse dentro hasta que los alborotadores se hubieran dispersado.

Hubo incidentes graves. Tres chicas fueron detenidas como sospechosas de agredir a un trabajador de emergencias. Tratar mal a funcionarios públicos es un comportamiento propio de chusma. El mismo grupo también fue detenido por hurto en tiendas. En un vídeo se ve humo saliendo de Clapham Common: las llamas de la arrogancia antisocial. La policía lamentó el «desorden» y dictó una orden de dispersión para los jóvenes. Pero no seré el único que se pregunte si esos vídeos de mocosos enmascarados escapando de las garras de policías desorientados cuentan una historia preocupante sobre el estado de cosas en el siglo XXI.

Esta explosión callejera de rencor jubiloso resulta a la vez patética y siniestra. No son los disturbios de Brixton, cuando un gran número de jóvenes se alzó con ira por cuestiones sociales, en particular la brutalidad policial. Esta tontería es mucho más pequeña, mucho más estúpida y mucho más probable que se esfume rápidamente, posiblemente incluso esta misma noche. Al fin y al cabo, necesitarán una tarde para buscar narcisistamente vídeos de sí mismos en TikTok a los que dar un entusiasmado «me gusta». Y, sin embargo, se trata de un incidente grave. No debemos hacer la vista gorda ante una muestra tan descarada de desprecio por las normas sociales. Esto pone de manifiesto un nihilismo latente entre algunos sectores de nuestra juventud, probablemente envalentonado por el abandono deliberado por parte de la sociedad adulta de su deber de disciplinar, reprender y guiar a la próxima generación.

Para mí, los sucesos de Clapham son consecuencia del colapso de la autoridad adulta. Hoy en día, en todas partes, la disciplina está mal vista y se considera una práctica casi fascista. Los expertos en crianza advierten a madres y padres que no regañen a sus criaturitas. Las escuelas abandonaron hace tiempo su deber fundamental de amonestar el mal comportamiento, sustituyendo la reprimenda severa por una mano terapéutica en el hombro. Y ahí fuera, en la sociedad cotidiana, casi nunca se ve a adultos riñendo a niños. Los adolescentes gritan, dicen palabrotas y ponen música a todo volumen, y pocos o ninguno de sus mayores les espeta: «¡COMPORTÁOS!».

No quiero ser un carca, pero vale la pena señalar las espectaculares diferencias respecto a un pasado no tan lejano. Nos regañaban desconocidos constantemente. A diario nos decían que nos calláramos, que maduráramos, que nos largáramos. Una vez, un viejo chocho en un autobús se fijó en nuestros distintivos uniformes de colegio católico y dijo con tono siniestro: «¿Vais al convento de la colina?». Nos callamos al instante, porque desprestigiar al colegio tenía consecuencias, a veces corporales. Había una infraestructura de disciplina que se extendía desde el hogar al colegio y al mundo mismo.

Eso ya no existe. Da la sensación de que se ha dado de baja a los adultos, sutilmente instruidos por la sociedad de que su sabiduría y firmeza ya no son deseadas. Esta descabellada desactivación de los guardianes sociales de antaño ha permitido que florezcan las travesuras infantiles. Incluso los delitos menores son ahora prácticamente permisibles. Los adolescentes saltan la barrera en las estaciones de metro o roban patatas fritas y chocolatinas y rara vez se enfrentan a consecuencias. Si han captado el mensaje de que pueden hacer lo que les plazca, ¿de quién es la culpa? Una sociedad que se niega a decir «NO», en voz alta y con firmeza, no tiene derecho a escandalizarse cuando sus miembros se comportan como críos consentidos, incluso después de la infancia. Ya sea el chico con falda que cree que tiene derecho a entrar tranquilamente en el baño de chicas o el chico enmascarado que cierra una farmacia Boots por diversión, esto es lo que pasa cuando no les decimos a los jóvenes que recobren la compostura de una putera vez.

Curiosamente, se ha convertido en una virtud «progresista» estar en contra de la disciplina. ¿Y qué si los jóvenes roban cerveza o no pagan el billete del metro? No es para tanto, dicen los nihilistas hipsters de la izquierda burguesa. Algunos de estos izquierdosos viven en Clapham; quién sabe, quizá cambien de opinión ahora que han visto adónde puede llevar esa cobardía adulta disfrazada de modernidad liberal.

Como dice Slavoj Žižek, existe sin duda una «creciente decadencia de los modales», y eso realmente importa. Esa «inseguridad cotidiana perjudica mucho más a los pobres que a los ricos, que viven tranquilamente en sus urbanizaciones cerradas», afirma Žižek. Pues ahora uno de los barrios más acomodados de Londres ha sido blanco de la locura posmodales avivada por el falso progresismo de las élites. Clapham confirma que, cuando los adultos abandonan el terreno de la orientación moral, normalizan el comportamiento de las turbas. Tenemos que recobrar la compostura antes de poder decirles a los chavales que lo hagan.

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