
Texto de Marie Bensimon
Si tienes un mínimo de sesera, ya habrás pillado de qué va esto sólo con el título. Y si no, estás a tiempo de largarte: aquí no se reparten caramelos. Si te sientes aludida, aludido o aludide, no te va a gustar. Sé que muchas seguís leyendo agazapadas tras un seto, ojo en ristre, por si digo algo que roce el dogma y luego podáis despellejarme felices. Sabéis que a mí eso me la trae completamente al pairo. Me he esforzado en no veros, en esquivaros con elegancia, no es odio. Es pena. Pena honda.
Y un poco de asco, no me escondo.
Las mujeres de las que voy a hablar no os insultarían. Tienen clase. Tienen cabeza. No se rebajan.
Yo sí.
Yo insulto, escupo y bloqueo como una llama sin bozal.
Y si vienes a provocar, te vas fuera, con bloqueo inmediato y sin postdata. Con la misma alegría con la que tú firmabas manifiestos inclusivos mientras otras recogían a sus hijas en bolsas negras.
Esto va de mis brujas lúcidas. No están todas las que son, pero sé que muchas irán llegando poco a poco, a veces con un like tímido, a veces simplemente estando. Sin hacer ruido, pero sin fallar. Sé que hay muchas más. Aquí hablo de las que conozco y veo más. De las que están. De las que han estado siempre.
Las brujas del género, benditas sean
Primero fue el transactivismo, el gran delirio envuelto en pedagogía cutre con dibujitos.
Las mujeres que se atrevieron a decir «¡Pero que esto es una gilipollez de proporciones bíblicas que algún día se estudiará con horror!». Cuando todavía se celebraba con pronombres absurdos fueron tratadas como apestadas. Como si se hubieran meado en pila bautismal del Progreso.
Ellas, que vieron venir la tormenta antes de que los demás se enteraran de que llovía, osaron decir que hormonar criaturas no era un acto de amor, sino de estupidez peligrosa, que amputar adolescentes angustiados no era progresismo sino barbarie. Y por eso se desató el aquelarre de las beatas del progresismo, tan ocupadas en parecer buenas que se olvidaron de serlo.
Mientras tanto, se recetaban bloqueadores como si fueran bombones, se aplaudían operaciones que en cualquier otro contexto habrían escandalizado a media humanidad, y se promovía la idea absurda de que un niño confundido necesita hormonas, no paciencia y escucha. Ellas lo decían. Con datos, con temblor, con muchas agallas. Nadie escuchaba. Porque lo que importaba era no quedar mal. No parecer mala persona. No perder seguidores.
Y ahora, cuando las demandas empiezan a llegar tímidamente, cuando hay niños rotos, padres destruidos y médicos mirando al suelo, ahora todo el mundo empieza apenas a balbucear algo. A susurrar. A levantar una ceja. Qué valientes, dicen. Qué clarividentes fueron.
Y UNA MIERDA.
Valientes lo fueron cuando no había eco ni aplauso ni red. Cuando abrir la boca significaba perder amistades, trabajo, seguridad.
Clarividentes lo son aún, pero no por arte de magia, sino por tener el cerebro en funcionamiento y la columna vertebral erguida.
Yo las admiro como se admira a las que abren el camino a machetazos, sabiendo que detrás igual no viene nadie y se quedan solas en medio de la selva.
Las admiro por su paciencia, su precisión, su entereza. Por no insultar a las que las apedrearon. Yo no tengo esa nobleza, ni esa templanza. Ellas sí. Y por eso las admiro. Por eso las nombro. Y por eso cada vez que alguien intenta rebajarlas, me dan ganas de aplaudirle en la cara con una silla plegable, con todo el respaldo y la bisagra.
Porque las brujas no se equivocaban. Las brujas tenían razón.
Eran las que traían la luz mientras las otras encendían incienso para camuflar la peste.
Las aguafiestas del dogma de la nueva fe
Y ahí están ellas, otra vez. Como siempre. Las que no se esconden detrás de una cita de Simone de Beauvoir mal entendida.
Las que no aplauden cuando dicen que toca.
Las que ven venir el tsunami y lo anuncian a gritos, aunque a su alrededor todos estén ocupados organizando talleres de sororidad multicultural con té a la menta.
Son las que sueltan verdades como guantazos con anillos.
Las que te dicen, sin rodeos y sin vaselina, que el islamismo no es una religión como las otras, sino una ideología totalitaria, mil veces más rancia, violenta y misógina que el catolicismo inquisitorial y el fascismo en sus días más gloriosos. Sí, sí, mil veces peor.
Con el plus de que aquí, encima, hay que aplaudirlo para que no te llamen racista.
Y lo dicen de frente. Con palabras claras, sin azúcar. Porque es verdad. Porque lo están viendo. Porque lo estamos viendo. Y porque callarse sería traición de las gordas, de las mortíferas.
Porque el problema no es Alá, ni ningún dios con barba y complejo de jefe tóxico. El problema es el proyecto político que se disfraza con su nombre, con sus suras y sus costumbres de la Edad de Piedra envueltas en respetabilidad multicultural.
El problema es el control total. La misoginia pura. El castigo cruel. La vigilancia constante. La sumisión servida en bandeja de plata.
Y lo peor de todo no es el fanático. Lo peor es el tonto, el que vive aquí, con su máster en condescendencia. Ese que blanquea, excusa y relativiza, mientras cierra los ojos ante las niñas a las que tapan, las adolescentes a las que casan, las mujeres que desaparecen bajo un velo.
No es ignorancia. Es cinismo. Y del más cobarde.
Las brujas lo dicen sin rodeos, con la cabeza fría y el pulso firme: no hay libertad posible mientras el islamismo siga avanzando sin resistencia, camuflado de minoría oprimida mientras despliega su programa, paso a paso, con apoyos, financiación y estrategia.
No, no se puede defender a las mujeres y al mismo tiempo besar la mano que las borra del mapa.
No, no se puede proteger la democracia haciendo genuflexiones a quienes la desprecian, la infiltran y la minan desde dentro. No es una paranoia. Es un plan. Y está en marcha.
Y por decirlo, por nombrarlo, por advertirlo, están pagando caro. Les caen insultos, amenazas, listas negras, vetos de todo tipo. Campañas de desprestigio a golpe de retuit histérico y salivazos ideológicos con la palabra mágica: racista.
Ni llevar toda una vida defendiendo a las mujeres, ni incluso ser tú misma «racializada», que vaya palabra de mierda, ni simplemente tener sentido común te libra de la inquisición.
Las brujas están en medio del huracán. Y ahí siguen. Sin agachar la cabeza. Sin pedir perdón.
Mientras las aliadas de pancarta las tachan de fachas desde sus iPhones subvencionados.
Mientras los progres de plató miran a otro lado, no sea que el contratito de fin de mes se resienta.
Mientras las traidoras sonríen desde el cómodo club de las que nunca se manchan.
Pero las brujas no se manchan porque no se arrastran. Ellas luchan. Y nos salvan a todas. Aunque muchas aún no lo sepan.
Y mientras tanto, no se te ocurra nombrarlo. Si el violador no es rubio con pecas y abuela asturiana, toca callar, mirar al suelo y fingir que no viste nada.
Porque si se te ocurre señalar que el agresor es magrebí, afgano o de donde sea, con tez oscura, te cae encima el ejército de censoras: guardianas de la moral selectiva, armadas con piedra, fuego y cursillo exprés de linchamientos digitales, que convierten a la víctima en culpable si lo señala. Como si nombrar lo real fuera más grave que violar, que ya hay que tener la brújula ética destrozada. Como si la estadística fuera racista por existir. Hay que joderse (Fuck me sideways).
Gracias a ellas, muchas habéis podido abrir los ojos sin que os partieran la cara. Gracias a ellas, mañana podrás decir lo obvio sin que te cuelguen un sambenito. Porque mientras tú dudabas, callabas o te hacías la moderna con el lenguaje inclusivo, ellas estaban ahí, con los pies en el barro y la mirada en alto. Nombrando lo innombrable. Aguantando la mecha mientras ardía todo. No lo hicieron por gloria. Lo hicieron por las que venían detrás. Por ti. Y siguen ahí, con la cabeza bien alta, poned a las otras, yo pongo a estas:
Tenéis toda mi admiración, mi cariño y mi mala hostia infinita preparadas por si hace falta.
Hilo original, publicado aquí con el permiso de la autora.


8 respuestas
QUÈ ENORME RAZÓN…!! Muchas hemos aprendido a sutuarnos ante esta atroz realidad de la nueva misoginia, disfrazado de progresiva, con ellas y otras muchas que dan la cara con su nombre y apellidos. Son bravas, son/sois maestras. Entendemos vuestro cansancio, vuestra necesidad de retiraros. Descansad, coged aliento y, si podéis, volved. Somos multitude las que nos alimentamos de lo que escribis. Sois sembradoras de brujas.
Qué bonito lo que dijiste, Ali, muchísimas gracias. Un abrazo enorme.
No tengo X ni Instagram, me manejo mal en redes sociales, pero leyendo a Marie me apetece hasta abrirme una cuenta fíjate. En la calle, entre amigas, perdón conocidas, la lucha es dura (y a veces triste). Sobre todo si eres feminista lesbiana. Notas que se alejan. No quieren debatir porque ni siquiera saben lo que defienden. Y cuando le pones nombre a lo que defienden se sienten incómodas e incluso «agredides». Así que, cuando veo y leo a otras mujeres alzar la voz valientemente, la admiración que siento se vuelve fuerza para seguir aunque por el camino me señalen y se aparten. Gracias Nuria por tu blog y por este texto.
Ay, María, cuando pusiste «agredides» ya me di cuenta más o menos de lo que estás viviendo, y lo siento tanto.
En X hay una comunidad importante de feministas lesbianas, si te animas a hacerte una cuenta, me ofrezco a ponerte en contacto con algunas.
Muchísimas gracias por tus palabras, te mando un abrazo cariñoso.
No utilizo X, el antiguo Twitter, y a algunas de estas compañeras ni las conocía. Me parecéis muy valientes de estar en un medio tan hostil. Yo, la verdad, prefiero tener paz, a tener razón. Lo intenté, pero te caían insultos por todos lados y tuve que cerrar la cuenta porque mi salud mental es lo primero. Me da pena que luego haya otras «compañeras» que se dediquen a desprestigiar a las que están dando la cara y al píe del cañón. De Laura he llegado a leer por parte de otras «compañeras» que es racista, que apoya a Israel… No he visto nada de eso en lo que he leído en su perfil. Un saludo y gracias por tanto.
Siento que te hayas tenido que ir, pero sí, tu salud es lo primero. Yo entiendo razonar y discutir e intercambiar opiniones, no entiendo los insultos y el ensañamiento. El ambiente ahora es irrespirable, y entre compañeras, que es lo que más duele.
La etiqueta de «racista» se la ponen a quien no se doblega ante ciertos temas. Espero que la gente acabe viendo la trampa que es.
Un abrazo, Sol, y cuídate.
Muy bien artículo y muy necesario el reconocimiento de tantas que alzan la voz para decir verdades, con conocimiento y sentido común. Un abrazo
Gracias, Eva, un abrazo de vuelta.