
Texto de Marie Bensimon
Recuerdo aquellos viajes de verano a Cádiz como si todavía pudiera abrir la puerta del Citroën GS verde claro de mi abuelo y meter la cabeza dentro.
Eran los primeros ochenta. Salíamos de París y la primera estación era Biarritz, donde teníamos parientes y dormíamos una noche. Era largo, mis grandes ocupaciones eran comer, preguntar cuánto faltaba y estudiar el Citroën.
Porque el GS hacía una cosa que me tenía fascinada. Al arrancarlo, la suspensión hidroneumática cobraba vida y el coche se levantaba poco a poco sobre sí mismo, como un animal que se desperezara y se pusiera en pie. Y al cabo de un tiempo parado volvía a agacharse. Yo podía vivir aquello con una atención que nadie de mi familia consideraba proporcionada al acontecimiento. Ya empezaba, en fin, a dar por culo con detalles que no interesaban a ningún ser humano de los presentes. Para ellos el coche subía. Para mí estaba sucediendo un prodigio de la ingeniería francesa y había que observarlo otra vez.

Tras Biarritz empezaba de verdad la bajada al sur.
Las carreteras de agosto eran un río humano. Familias magrebíes camino de Algeciras con el coche convertido en arquitectura provisional, baca hasta los cielos y aquellas enormes lonas azules que parecían contener ajuar, cosecha, tres vacas y, quizá, una cómoda. Portugueses que volvían a Portugal después de haberse pasado el año trabajando como bestias en Francia. Y nosotros, en paralelo, algo menos aparatosos pero igualmente lanzados hacia abajo, con Cádiz al final del mapa.
El abuelo andaluz, la abuela francesa, mi madre, criatura medio hecha por ambos lados, y yo, subproducto que probablemente contrajo España durante aquellos trayectos y ya no encontró cura.
Dentro del GS, los filetes empanados, las maakoudas (nota de la editora: tortitas de patatas típicas de la cocina magrebí) y los huevos duros iban tomando posesión del vehículo. A cierta altura de Burgos aquello ya no olía a coche sino a merienda transcontinental.
No había walkman, no había cascos, no había algoritmo que preguntara por tus preferencias. Conducía el abuelo y se escuchaba lo que ponía el abuelo. Fin. Y el abuelo ponía Valderrama, Farina, Antonio Molina, Concha Piquer. Asi empecé también a entender un poco qué clase de país era aquel al que íbamos.
Mi abuelo se había marchado cuando perdió la guerra y volver hacia España le cambiaba la cara. Nada más cruzar la frontera había que parar. Cualquier bar servía. Estábamos en España y aquello requería detener el coche, tomar algo y respirar un rato el país. Después seguíamos.
Yo miraba aquella España larguísima pasar por la ventanilla y, sin saberlo, me la iba quedando. Quizá mi apego nació así, entre gasolineras, hoteles de carretera, huevos duros y un señor cantando que llevaba España metida dentro del alma. Hay patrias adquiridas de maneras más nobles. La mía fue en un GS verde clarito que levantaba el culo antes de ponerse en marcha.
Ahora habría que resucitar a Valderrama y comunicarle que especificó demasiado.
«El emigrante» hoy sería «El migrante». El pobre hombre cometió el error de saber de dónde se había ido. Ahora se migra. Como las cigüeñas, que también cruzan fronteras sin dar explicaciones. Se quita la e y asunto arreglado. Ya no se va de ningún sitio ni se llega a ninguna parte. Se migra. Mucho más «engagé». Una letra menos y una realidad convenientemente desenfocada. Nunca una vocal había jodido tanto. Y encima «migrante» le rompe el verso. Le falta una sílaba. Me irrita esa manía de retocar el idioma y pretender que el retoque es un avance. Ahí pierdo toda mesura. En cuanto noto que alguien intenta llevarme de la palabra al pensamiento agarrándome del codo, me vuelvo mula. Me siento encima de la e de «emigrante» y de allí no me mueve nadie. Primero los valores y después, si queda tiempo, la sinalefa.
Otro día hablaremos de la primera frase de la canción y de aquel propósito de hacerse un rosario con los dientes de la amada, asunto que también me tuvo muy preocupada durante aquellos viajes. El hombre lo cantaba con enorme sentimiento y yo, me preguntaba quién coño iba a arrancarle los dientes a la señora y por qué nadie parecía alarmado. Los demás oían una canción de amor. Yo veía venir a un señor con alicates.

