El problema de la incontinencia en la cirugía de «reasignación de género»

«Estos datos son impactantes, pero siguen adelante. En el hospital Chelsea and Westminster están formando a nuevos cirujanos».

Elaine Miller, Blog de Salagre
Elaine Miller

Uno de los mayores escándalos relacionados con el «tratamiento de género» es la serie de efectos a largo plazo tanto del uso de hormonas como de la cirugía. Un aspecto concreto de ello quedó patente esta semana en la conferencia Rethinking Youth Gender Medicine (*) (Reconsiderando la Medicina de Género en Jóvenes) de la mano de Elaine Miller, que se describe a sí misma como «fisioterapeuta del coño».

Miller tiene una exitosa actividad paralela como comediante de stand-up especializada en el suelo pélvico y es también la mujer que se hizo famosa en 2022 por enseñarle el «merkin» (peluca púbica, artículo en español aquí) a Nicola Sturgeon en la cámara de debates del Parlamento escocés. Su relato de la hazaña y de la planificación que conllevó es mi capítulo favorito del libro The Women Who Wouldn’t Wheesht.

Miller tiene un lado serio, como corresponde a una miembra de la Sociedad Colegiada de Fisioterapeutas. Acaba de finalizar un estudio académico de investigación junto con la profesora Ruth Parry, de la Universidad de Loughborough, titulado «Efectos no deseados de las hormonas relacionadas con la transición de género y la cirugía de reasignación de género en el funcionamiento urinario y sexual». Miller presentó este estudio por primera vez en la conferencia Reconsiderando la Medicina de Género en Jóvenes.

Control de olores

El interés inicial de Miller por el tema surgió a raíz de un aumento repentino de derivaciones a su clínica de mujeres jóvenes que presentaban incontinencia. Tenían síntomas que habrían sido «típicos en mujeres menopáusicas», pero que se manifestaban «treinta años antes». Todas estas jóvenes tomaban hormonas de sexo cruzado, concretamente testosterona.

Miller recordó a los asistentes a la conferencia que los problemas de incontinencia pueden ser devastadores. «Si estás preocupada por mearte en público, eso afecta a todo lo que haces y a todo lo que piensas».

Las personas que sufren incontinencia tienden a «dejar de hacer ejercicio, dejar de tener relaciones íntimas con sus parejas y a preocuparse mucho por el control de olores. Cambian su forma de vestirse… y su autoestima se ve afectada».

Miller buscó consejos sobre incontinencia en la literatura producida por las clínicas de género y «no encontró ninguna información… curiosamente», pero lo que sí encontró fue un estudio realizado en 2024 que indicaba que el 69 % de las adolescentes que se dicen trans que tomaban testosterona reportaban dolor pélvico. En otras palabras, «las hormonas de sexo cruzado que estamos dando a las niñas les provocan dolor».

Algunas de las jóvenes de ese estudio señalaron que su dolor pélvico estaba relacionado con la función sexual. Miller comentó que una de ellas explicó a los autores del informe que «si tiene un orgasmo, luego sufre un dolor pélvico insoportable… durante tres días».

Elaine Miller, Blog de Salagre

Miller decidió unirse a la profesora Parry (que también es fisioterapeuta y es, además, académica especializada en revisiones sistemáticas de la literatura y estudios de vídeo sobre la comunicación en la atención sanitaria) para realizar un estudio riguroso sobre las necesidades fisioterapéuticas de las personas que se han sometido a intervenciones hormonales y/o quirúrgicas transgénero.

Su estudio consistió en entrevistar a adultos de ambos sexos que habían «transicionado» (incluyendo detransicionadores y detransicionadoras). También analizaron a fondo los estudios publicados existentes en busca de información útil. «Nos sorprendió», dijo Miller, «lo poco que la literatura incluye las voces de las personas afectadas por estas cuestiones», por lo que decidieron asegurarse de que las voces individuales tuvieran un gran protagonismo en el estudio, e incluso dieron a las personas con las que hablaron la oportunidad de revisar el texto y aportar sus comentarios a las recomendaciones.

Las conclusiones

No son buenas. Tras la vaginoplastia (una operación no apta para cardíacos), hasta un 15 % de los hombres reportaron incontinencia, y un 5 % adicional dijo tener problemas urinarios (por ejemplo, sentir una necesidad imperiosa de orinar que les obliga a dejarlo todo para hacerlo). El 75 % reportó disfunción sexual.

«Ese no es un buen resultado de la cirugía», dijo Miller. «Son cosas que reducen la calidad de vida de una persona».

En el caso de los hombres que no se habían sometido a cirugía, el 55 % de los que llevaban un tiempo prolongado tomando estrógenos reportó «pérdidas de orina».

En el caso de las mujeres, los resultados son peores. Hasta el 50 % de las mujeres que se someten a una faloplastia (un proceso aún más horripilante que la vaginoplastia) quedan con incontinencia urinaria. El 54 % reportó disfunción sexual. «Estos datos son impactantes», afirmó Miller. «Pero siguen adelante. El Chelsea and Westminster [NHS Hospital Trust] está formando a nuevos cirujanos».

Miller dijo que le parecía poco probable que muchas de las mujeres más jóvenes que solicitaban faloplastias supieran mucho sobre sexo («tienen una probabilidad desproporcionadamente alta de presentar neurodiversidad [y] dificultades sociales») y, por tanto, quizá no hubieran entendido realmente en qué se estaban metiendo: no tienen ni idea de cómo usar lo que llaman pene y que es, en realidad, un tubo de grasa y piel extraído de sus brazos, abdomen o piernas, cosido a sus genitales.

Elaine Miller, Blog de Salagre

El 25 % de las mujeres que se someten a una metoidioplastia (en la que se separa el tejido del clítoris de los labios vaginales y se cortan los ligamentos que lo rodean para que sobresalga hacia delante) junto con una uretroplastia (en la que se redirige la uretra a través del clítoris para poder mear de pie) reportan dificultades para orinar. Algunas necesitan la ayuda de «enfermeras especializadas en incontinencia» y acaban «autocateterizándose» porque la cirugía les ha provocado estenosis en la uretra, lo que impide que la vejiga se vacíe de forma eficaz.

Vergüenza y estigma

Miller dijo que su investigación reveló que las clínicas de género «ignoraban» en gran medida los problemas de incontinencia reportado por sus pacientes o no los registraban con precisión. Miller consideró que existían paralelismos con el escándalo de las mallas del NHS, en el que los médicos ignoraban a las pacientes que reportaban dolor.

Es posible que las cifras principales no representen la verdadera magnitud de los problemas a los que se enfrentan las personas que se dicen trans. «La vergüenza y el estigma son un factor importante en estas afecciones», nos explicó Miller. «Incluso en una clínica de urología, la gente tiende a minimizar los síntomas que experimenta, y sabemos que quienes han sufrido traumas previos los notifican aún menos».

Miller y Parry intentaron averiguar si alguien había estudiado ya si la fisioterapia de salud pélvica podría ayudar a las personas que se sometían a tratamientos de género. Los datos disponibles eran «realmente escasos», señaló Miller, lo que calificó de «una sorpresa, teniendo en cuenta cuántas de ellas sufren complicaciones».

Tras abordar las cuestiones pélvicas, Miller se refirió brevemente a otros fallos en la rehabilitación tras la cirugía de género. Señaló que a la mayoría de las mujeres que se sometían a mastectomías bilaterales por cáncer se les ofrecía de forma rutinaria fisioterapia para prevenir la «disfunción postoperatoria del hombro», por ejemplo, el hombro congelado. Sin embargo, el Servicio Nacional de Salud (NHS) no ofrece fisioterapia a las mujeres a las que se les extirpan los pechos por motivos relacionados con el género. De hecho, los protocolos quirúrgicos indican que no se deben levantar los brazos por encima de 90˚ durante «un periodo de entre seis semanas y seis meses» tras la intervención. Miller explicó que esto se debe a que los protocolos fueron redactados por cirujanos plásticos que, básicamente, sólo se interesan por la cicatriz: «les preocupa que, si [las pacientes] mueven demasiado el brazo, la cicatriz se ensanche y resulte menos estética».

Elaine Miller, Blog de Salagre

Miller señaló que un número desproporcionado de personas que se identifican como trans parece sufrir dolor persistente y fatiga crónica, pero no sabemos por qué. Una característica de cualquier reunión de personas que se dicen trans es la presencia de múltiples ayudas a la movilidad. Miller afirmó: «Desde el punto de vista de una fisioterapeuta, si le das a alguien una ayuda a la movilidad, deberías tener una estrategia de salida».

Y deben ajustarse bien. «No se les da una silla de ruedas de un catálogo de una tienda de descuento en la que están todos desplomados, que no se ajusta a la longitud de sus piernas».

Miller comentó en la conferencia que, cuando se ve a un grupo de personas que se dicen trans juntas, sus ayudas a la movilidad suelen ser «muy llamativas y hacen juego con la ropa de la persona». Esto sugiere que se las compran ellas mismas, «lo que significa que no hay ningún plan de rehabilitación». Miller citó el ejemplo de una joven de 23 años con la que habló y que se había comprado una silla de ruedas por su cuenta. No contaba con ningún plan fisioterapéutico para dejar de depender de ella.

Miller señaló que existe un problema más amplio con los pacientes de género que cuentan con derivaciones a fisioterapia. Las clínicas pueden negarse, y de hecho lo hacen a menudo, a admitir a pacientes con el argumento de que, y Miller afirma que se lo dijeron directamente, «aquí no tratamos cuestiones de género». Esto, según Miller, se debe a que los profesionales de la salud están «nerviosos» a la hora de atender a pacientes de género. «No los entienden, les preocupa utilizar las palabras equivocadas y ofender a la persona o ser acusados de una microagresión o algo peor». Esto, según Miller, no era suficiente. «Si no rechazaríamos una derivación de una mujer [con] un trastorno del suelo pélvico a la que se le ha suspendido el tratamiento con estrógenos porque está en la menopausia, tampoco deberíamos rechazar a jóvenes a las que se les ha suspendido el tratamiento con estrógenos porque están tomando hormonas de sexo cruzado».

Por supuesto, una posible solución sería que las clínicas de género ofrecieran su propio servicio de fisioterapia, pero es posible que algunas personas que han tenido resultados negativos con el tratamiento de género (especialmente las y los detransicionadores) no quieran volver a una clínica de género, por lo que Miller y Perry abogan por que los pacientes que se dicen trans también reciban fisioterapia en entornos estándar. Esto requiere que los fisioterapeutas comprendan los efectos del tratamiento de género y establezcan relaciones terapéuticas dentro de la comunidad trans, ya que «no confían en nosotros».

Con suerte, esto también podría llevar al NHS y a los propios pacientes a cuestionarse los beneficios de los tratamientos relacionados con el género en primer lugar.

(*) La conferencia fue organizada conjuntamente por la Clinical Advisory Network on Sex and Gender (CAN-SG) y la Society for Evidence-Based Medicine (SEGM).

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