
Texto de Marie Bensimon
A primera vista, una monja y una mujer velada pueden parecer lo mismo: tela en la cabeza, modestia y Dios en el guion.
Esa es la ilusión óptica que alimenta el truco. En cuanto miras de cerca, el parecido se deshace. Conceptualmente, íntimamente, filosóficamente y humanamente, no tienen nada que ver. Y como la diferencia no cabe en una frase lapidaria para redes, es el argumento perfecto para el que quiere ganar el debate sin pensar: mientras intentas explicarlo, ya ha pasado a otro tema sólo con mostrar una foto de ambas mujeres con sus respectivos velos. Trampa.
Una monja entra adulta y con discernimiento en una vocación concreta. Antes de dar el paso, otra monja veterana ya le ha dicho que se lo piense bien, que es duro, que no está hecho para todo el mundo. Hay entrevistas, etapas de prueba, un tiempo para asegurarse de que quiere estar ahí. Firma un contrato espiritual con reglas y votos, y se aparta del mundo por decisión propia.
La mujer velada se mueve dentro de un guion social que ya han firmado por ella antes de que pueda decidir nada: modestia obligatoria, honor familiar, vigilancia constante del cuerpo. Muy a menudo, el proceso ni siquiera espera a que sea adulta: hay niñas que son metidas en el velo desde pequeñas, sin preguntarles nada, convirtiendo la tela en una segunda piel antes de que puedan imaginar la alternativa. No hablamos de una comunidad cerrada con normas internas, sino de un código que se extiende a la calle, al transporte, a la escuela y donde quiera que vaya la mujer velada.
El hábito monástico es el uniforme de una orden concreta y limitada.
El velo islamista es una pieza de un engranaje social que regula el contacto entre hombres y mujeres y que, además, tiene vigilancia gratuita en cada esquina.
La obediencia monástica es a una autoridad concreta. La obediencia velada es a un enjambre: padre, marido, suegra, vecinos, imán, compañeras y compañeros de comunidad dispuestos a evaluar si cumples o no cumples.
La diferencia más bestia está en la sexualidad. La monja renuncia a la suya como parte de su voto. La mujer velada carga con la libido de todos los hombres que la rodean. Se le asigna la responsabilidad de no excitar, de no provocar, de pasar inadvertida para que él pueda ir por la vida sin que se le “active” nada. El hombre queda exento de cualquier autocontrol, como si fuera un pobre ser irracional incapaz de gobernar sus propios impulsos, un pene ambulante que puede dispararse en cualquier momento y al que hay que proteger a toda costa de estímulos visuales. Es el desmantelamiento de la responsabilidad masculina y la transferencia completa de su carga a las espaldas y al cuerpo de la mujer. Ella es la custodia portátil de la pulsión ajena. Yo no sé a ti, pero a mí me parece repugnante y muy degradante para las mujeres.
En el hábito, la cara sigue ahí: visible, reconocible, vinculada a tu identidad. Con el velo, el rostro puede desaparecer si no se anda una con cuidado. Y en el rostro está la ciudadanía: borrarlo es dejar de comparecer ante el otro. Llevar hábito es una opción que puedes abandonar sin que eso te cierre la puerta de un trabajo o una formación o a una vida familiar, puedes hacerlo. Quitarte el velo, en cambio, supone a menudo romper con tu entorno o soportar un acoso constante. Del convento se sale por la puerta. Del velo, muchas veces, por la puerta de atrás.
Haz el recuento: cuántas monjas has visto hoy por la calle y cuántas mujeres veladas. Pues eso. El aumento es evidente, y no es un gesto inocente. Una monja no pretende que adoptes su hábito; el islamismo aspira a que el velo sea la norma. No es un accesorio religioso, es una bandera ideológica y política, y se planta en mitad de nuestras calles.
Y aquí viene la jugada sucia: si aceptas a la monja, pero criticas a la mujer velada, te tachan de fanática o de islamófoba. No importa que el contexto, la libertad de elección y las consecuencias sean radicalmente distintos: sólo importa la foto fácil, el ¡“mira, se parecen!”. Es una falsa equivalencia diseñada para ganar sin argumentos, porque no necesitas explicar nada cuando todo entra por los ojos. Ellos ya han pensado la estrategia: tú sólo tienes que morder el anzuelo y quedarte en la superficie, donde todo parece igual y nada se cuestiona.
En definitiva, no, no son lo mismo.
Ni de coña son lo mismo.
De un hilo de Marie Bensimon en X


11 respuestas
El uso del velo, en mayor o menor medida es intrínseco a las 3 religiones monoteístas y no es la única manifestación de misoginia que se da en cualquiera de ellas (y de cualquier religión/secta).
Lecturas como «Las desterradas hijas de Eva» o cualquiera otra de Consuelo García del Cid Guerra, por ejemplo, dan testimonio de ello.
Dices » El aumento es evidente, y no es un gesto inocente»… ¿podría ser debido a los movimientos migratorios? ¿Podría ser consecuencia, también, del creciente odio al diferente?
3a Ley de Newton: «a toda acción corresponde una reacción igual y opuesta».
Me gustaría algo más de crítica (constructiva), lo facilón -tanto la comparación fotográfica de la que hablas como el análisis (o falta de él) que haces sobre ello- no ayudan a entender el tema.
Gracias por el aporte.
Le paso el comentario a la mujer que ha escrito el texto.
Un saludo.
El paralelismo que planteo no es sobre “misoginia en general” ni sobre las tres religiones monoteístas, sino sobre coerción presente, alcance social y coste de salida. Que el velo o el hábito tengan orígenes comparables no cambia el hecho de que hoy operan en planos muy distintos. En uno, se entra adulta, tras etapas de prueba, y se puede salir sin sanción social ni pérdida de derechos; en el otro, a menudo se impone desde la infancia, rige toda la vida pública y su abandono puede implicar represalias familiares, comunitarias o legales.
Claro que hay machismo en todas las religiones, y claro que la Iglesia se ha servido de símbolos restrictivos. Pero esa no era la cuestión que yo analizaba aquí. Mi texto no pretendía ser un inventario de todas las opresiones religiosas, sino desmontar una falsa equivalencia visual que borra la diferencia entre una práctica voluntaria y otra coercitiva.
Entiendo que quieras ampliar el marco, pero en este caso eso diluye el análisis que quería hacer. Si me centro en un punto concreto no es por desconocimiento, sino porque creo que ahí está la trampa que funciona en redes: la foto, el “se parecen”, y el salto inmediato a tachar de islamófobo a quien señale que no es lo mismo.
Saulo de Tarso, más conocido como Pablo, es quien se inventó el cristianismo, y lo dejó todo atado y bien atado. En 1 Corintios 11:3-16 aborda el tema de las mujeres y el velo en un contexto en que explica la sujeción al orden de Dios y quién corta el bacallao: el «velo» sobre la cabeza de la mujer se utiliza como ilustración del orden, la dirección y la autoridad de Dios, el versículo clave es 1 Corintios 11:3 «Pero quiero que sepáis que Cristo es la cabeza de todo varón, y el varón es la cabeza de la mujer, y Dios la cabeza de Cristo». La interpretación: el orden es: Dios Padre, Dios Hijo, el hombre o esposo, y la mujer o esposa. El velo sobre la cabeza de una esposa en Corinto mostraba que ella estaba bajo la autoridad de su esposo, y por lo tanto bajo la sumisión de Dios.
Cuál es la diferencia? Que en el siglo XX la progresiva laicidad de Europa, de la que el feminismo es la primera beneficiada, ha ido abandonando esas sumisiones, pero que las religiones del libro han intentado someter a las mujeres desde el mismo momento en que se plantearon como aparato social, es una evidencia. Todas. Y la cristiana, en términos de «feminismo», es revolucionaria con respecto al judaísmo… Veo que el artículo lo firma Bensimon, hija de Simón… Otra vez, no creo que los judíos puedan ponerse medallas en esto, como en nada que tenga que ver con convivencia, así en general.
Me parece una trampa comparar lo que era el cristianismo hace 2.000 años con la realidad de las mujeres en el siglo XXI. De hecho, me da igual lo que hizo ninguna religión en el pasado, porque lo que me importa es el presente, y cómo esas religiones afectan a las mujeres HOY.
Hoy en día, a una monja no se la mata por quitarse el velo.
La religión, o falta de ella, de quien escribe, ¿te parece más relevante que lo que dice?
eso es cierto… es que el título del artículo me puso nerviosita, jijijijij
No discuto que el cristianismo, como las demás religiones del libro, haya impuesto a las mujeres roles de sumisión. La diferencia que señalo está en el presente: en la Europa actual, el uso del hábito es voluntario, reversible y no acarrea sanciones civiles ni sociales; en muchos contextos islámicos, el velo sigue siendo obligatorio desde la infancia y su rechazo implica costes reales, desde el ostracismo hasta represalias legales.
Que el cristianismo haya ido abandonando esas imposiciones no borra su origen, pero sí modifica radicalmente su impacto hoy. Esa es la asimetría que analizo, exclusivamente.
Y en cuanto a la alusión final a mi apellido, sobra y confirma otra cosa: que el argumento ya no importa y que se recurre a un ataque ad hominem, centrado en mi origen, con un sesgo abiertamente antisemita. Es el recurso clásico de quien no refuta ideas y prefiere desviar el debate hacia la persona, mientras acusa a otros de las “fobias” que él mismo exhibe.
Muy bien argumentado. Me guardo el artículo por si pudiera ayudar a alguna amiga a comprender lo que es el velo. Vivo en Majadahonda y veo cada día a varias mujeres veladas. Se me cae el alma a los pies. Malos tiempos para las mujeres.
Muchas gracias por tu trabajo. Un abrazo.
Se está extendiendo en España a una velocidad increíble y, por supuesto, no aprendemos del desastre que es el tan cacareado multiculturalismo en países como Francia o Inglaterra.
Un abrazo, Marisa.
Sí, en lo superficial está el engaño. Pero que difícil resulta argumentar en tiempo record, casi nadie quiere dedicar más de tres minutos a un tema, las feministas tenemos la paciencia de escuchar y dialogar. Este artículo abre caminos para un diálogo que me parece, difícil
por lo acalorado que puede resultar, levanta ampollas y más con la etiqueta pendente para ti de islamófoba, racista bla, bla…
Gracias, Nuria me ha encantado leerlo.
Me encanta cómo Marie va siempre al meollo de la cuestión, leerla nos da argumentos para rebatir, porque la comparación es de lo más tramposo que hay.
Un abrazo, Ana.