
No me digáis que ponerse burka es una cuestión de elección para las mujeres musulmanas. Sé que es mentira, porque mi madre se enfrentó a esa mentira y pagó un precio terrible por su valentía.
Cuando los hombres les dicen a las mujeres, independientemente de su religión o raza, qué ropa tienen que ponerse y cómo deben vestirse «modestamente» o cubrirse, están cometiendo una forma de abuso. Y lo hacen a la vista de todo el mundo.
Es obligación de la sociedad impedir esta coacción, acoso e intimidación de las mujeres, y no excusarla ni tolerarla, como quiere hacer la izquierda.
Esta semana, la senadora australiana Pauline Hanson fue objeto de gritos de indignación por parte de la izquierda por ir con burka al Parlamento en señal de protesta por el rechazo del Senado a su proyecto de ley para prohibir dicha prenda. Le impusieron rápidamente una suspensión del Parlamento de una semana y sus oponentes la tacharon de «racista». Se han lanzado acusaciones similares contra los políticos de este país que se atreven a desafiar el dogma religioso que obliga a las mujeres a cubrirse.
El problema aquí no es la maniobra de Hanson, ni los llamamientos a prohibir el burka, el velo islámico que más tapa, que cubre todo el rostro y el cuerpo, dejando a menudo sólo una malla para ver a través de él.
El problema es este: al negarse a tolerar cualquier crítica en torno al burka, la izquierda está tolerando el abuso de las mujeres. ¿Y cómo se puede llamar si no abuso, cuando los hombres dicen a sus esposas, hermanas e hijas que se cubran de la cabeza a los pies porque mostrar un trozo de piel corre el riesgo de encender las pasiones masculinas?
El burka existe para obligar a las mujeres a esconderse. Proclama que la mera existencia de las mujeres es pecaminosa y que la que no se cubra por completo con un saco es sexualmente inmoral, una «puta» y una «ramera» que avergüenza a todos los hombres de su familia.
El burka no sólo degrada y humilla a las mujeres que lo llevan, sino que anima a los hombres musulmanes a asumir que las mujeres de otras culturas están sexualmente disponibles.

De pequeña, en Pakistán, me dijeron innumerables veces que las mujeres blancas de Europa eran, en esencia, prostitutas, en parte porque vestían «sin modestia».
Una consecuencia repugnante de esos prejuicios es el abuso sistemático de jóvenes blancas en ciudades británicas como Rotherham y Bradford, así como los ataques depredadores contra chicas por parte de inmigrantes varones que a veces llevan sólo unos días en el Reino Unido.
Es necesario prohibir el burka para proteger a todas las mujeres. Mi madre y mi abuela formaron parte de la primera ola de feministas en Pakistán. Pero mi padre era un conservador religioso y tradicionalista, que pensaba que debía ser el señor y amo de todas las mujeres de nuestra familia.
Cuando tenía 15 años, nos regaló a mi hermana y a mí unos hijabs, o pañuelos para la cabeza, preciosos y muy coloridos. Fue muy astuto por su parte, porque, aunque nunca nos los habíamos puesto antes, a las dos nos encantaba la ropa bonita.
Nos enseñó a ponérnoslos y nos dijo lo bien que nos quedaba. Durante los dos días siguientes, cuando íbamos con los hijabs al colegio, disfrutamos de los elogios de nuestro padre.
Pero al tercer día, cuando decidí ponerme otra cosa, estalló en cólera.
Me quedé sorprendida. Seguro que sabía que nunca llevaba el mismo conjunto más de dos días seguidos.
«Esto no es como tu otra ropa», gritó. «No puedes quitártelo sólo porque no te apetece llevarlo. ¡Póntelo ahora mismo! Ahora que has empezado, debes llevarlo siempre. ¡No tienes otra opción!».
No se me olvidará nunca. «No tienes otra opción». Incluso 30 años después, ese recuerdo me hiela la sangre.
Pero lo que sucedió después fue mucho peor. Asustada y sintiéndome impotente, al día siguiente fui al colegio con el hiyab puesto.
Ya no me parecía un bonito pañuelo, sino un uniforme opresivo, algo impuesto para hacerme sentir avergonzada de mí misma. Cuando mi hermana y yo llegamos a casa ese día, mi madre y mi padre estaban peleándose, pero de verdad, una pelea como nunca antes habíamos visto.
Fue aterrador. Me puse delante de mi hermana para protegerla y mi madre vino corriendo hacia nosotras.
Me agarró el hiyab y me lo arrancó de la cabeza. «No he parido esclavas», gritó. «Mis hijas nunca llevarán el hiyab ni el burka, ni cualquier otra cosa que tú quieras que lleven».
Eso debería haberse acabado ahí. Pero observamos, horrorizadas y sin atrevernos a movernos, cómo nuestro padre comenzaba a golpear a nuestra madre, abofeteándola y dándole puñetazos como castigo por desafiarlo. Cuando terminó la pelea, ella se negó a dejarse intimidar. «Nunca os pondréis el hiyab», nos dijo. Y nunca lo hicimos.
Pero nuestra madre siguió soportando el peso de su ira. Cuando se dio cuenta de que pegarle no funcionaba, empezó a retenerle el dinero, para que no pudiera comprarse ropa y otras necesidades básicas.
Él tenía un trabajo remunerado y ella no. El mensaje era escalofriante: como ama de casa, tenía que obedecerle o sufrir las consecuencias.
Cada vez que veo a una mujer con burka, sé que estoy ante un caso de coacción en estado puro.
Me repugna que la izquierda liberal británica se niegue a ver esto. Las feministas han luchado durante décadas para acabar con la actitud misógina de que las mujeres deben vestirse para complacer a los hombres. Hace sólo unas décadas, la policía y los jueces solían considerar que una mujer con ropa provocativa «se lo estaba buscando» y que, si era agredida sexualmente, era culpa suya.
Afortunadamente, ese tipo de machismo ha quedado relegado al olvido… excepto cuando se trata de musulmanes. En este caso, los hombres pueden seguir usando la ropa para oprimir a las mujeres, porque es su «cultura».
Gran Bretaña ya se ha enfrentado antes a horrores culturales. La mutilación genital femenina, una práctica abominable muy extendida en África, está prohibida en este país desde 1985, y las leyes se endurecieron a principios de este siglo.
Y en la época georgiana, Gran Bretaña prohibió la costumbre india del sati, que consistía en quemar vivas a las viudas hindúes en las piras funerarias de sus maridos.
El uso del burka también debería ser inaceptable. En muchos países ya lo es. Francia y Portugal han introducido prohibiciones, que fueron recibidas con protestas de poca intensidad que pronto se apagaron.
Una investigación de la Escuela de Economía de París en 2022 demostró que la prohibición del burka y el hiyab (así como del niqab, un velo que cubre todo el cuerpo excepto los ojos) ha tenido efectos positivos en la educación. Liberadas de esta vestimenta restrictiva, las niñas obtienen mejores notas.
Lo más revelador es que muchos países donde los musulmanes son mayoría, como Uzbekistán y Marruecos, también han prohibido el burka completo que cubre el rostro. En parte se trata de una medida de seguridad, pero también se hace para desalentar el extremismo islamista.
Esa razón por sí sola es un argumento convincente para prohibirlo.
Pero creo que Gran Bretaña está recuperando finalmente el sentido común. Hace unos años, era imposible debatir sobre el burka. La izquierda, como mi padre, simplemente respondía con furia.
Tenemos que ser valientes como Pauline Hanson y plantar cara a esa gente.
Mi madre lo hizo. Y yo estoy decidida a seguir su ejemplo.


4 respuestas
Muchas gracias por publicarlo. Cero tolerancia a los preceptos religiosos que siguen sometiendo y subordinando a las mujeres. Es opresión masculina disfrazada de creencias religiosas.
Nosotras, en España, ya vivimos bajo ese yugo moral y religioso. Solo hay que mirar las fotos de bisabuelas y abuelas (o a Doña Rogelia), sobre todo, en zonas rurales. Ellas también hubieran dicho que no les gustaba salir sin su pañuelo y sus refajos y seguro que se hubieran sentido incómodas sin cubrirse la cabeza en la iglesia. Pero sacamos a la iglesia católica de las normas civiles y vieron a otras mujeres que dejaban de llevarlos y que no pasaba nada, y todas dejaron de hacerlo sin que se las insultara o maltratara como cuenta Khadija Khan en su artículo.
Por alguna razón ellos, los hombres musulmanes, no tienen ningún problema en no diferenciarse en cómo se visten con respecto a los occidentales, ni por defender su identidad cultural ni por su religión. ¿Por qué ellas sí deben hacerlo o consentir en hacerlo?
Recuerdo de niña las conversaciones con mi abuela, intentando convencerla de que se quitara el pañuelo. Que se sentía rara, como desnuda, sin él, que estaba acostumbrada, que qué dirán. Y se lo quitó, y no pasó nada. Tuvimos la misma conversación por vestirse de luto, ahí tuve menos éxito, aunque dejó el luto riguroso.
Y, por supuesto, es lo que tú dices: los hombres no llevan ni una cosa ni otra, que para eso son ellos los que inventaron las opresiones, y lo hacen a su medida y para su provecho.
Un saludo cariñoso, María.
Es un tema complejo y difícil. Seguramente hay cientos de miles de mujeres musulmanas que usan burka, nikab y otras formas de velo porque no conciben siquiera la posibilidad de no velarse. Y habrá decenas de miles que preferían velarse menos o no llevar velo, y no se atreven por las repercusiones sociales que enfrentarían. Y decenas de miles que son obligadas, mediante violencia verbal y física, por sus padres, o sus maridos, o sus hermanos, o incluso sus suegras o madres. Y otras decenas de miles que lo llevan porque lo quieren llevar. Por razones complicadas que no están exentas de ser formadas en sociedades abiertamente sexistas.
Pero la solución no puede ser que el Estado le diga a las mujeres y niñas qué ponerse y qué no ponerse… Es dar el control a una institución formada en, por y para los hombres… La solución es más lenta y compleja y difícil, y pasa por transformaciones culturales y sociales. Y por una protección total de la integridad física de toda mujer (y varón), o sea, que nadie, pueda violentar la voluntad de ninguna persona a vestirse como desee, si su vestimenta no interfiere con el derecho de los menores de edad. No estaría bien que hombres fetichistas se pasearan desnudos por ahí con un collar de BDSM, ni que mujeres se pasearan por ahí solo en un tanga… Aún eso es difícil de legislar..
En fin… Los hombres no tienen derecho a ver nuestros rostros, nuestras tetas, nuestras formas, nuestras piernas… Nosotras tenemos el derecho de mostrar cuanto queramos y a quien queramos… Convertir a l Estado en el árbitro que decide qué tenemos que mostrar las mujeres en los espacios públicos es peligroso…
No, no es nada difícil: cualquier forma de velo es una forma de opresión masculina sobre las mujeres. Y nos marca a todas, porque las que no lo llevamos somos, a ojos de esos hombres, barra libre.
Cuánto daño hace el feminismo woke.