La nieve en la memoria

Foto desde mi balcón esta mañana.

Es de todos los suizos sabido que los españoles vivimos en una playa interminable, a 28° de media y con un sol eterno. Se sorprenden cuando les digo que nevaba más en mi pueblo de la montaña de Lugo que en el cantón donde vivo actualmente.

Hoy me despierto a regañadientes, abro las cortinas y me encuentro con una nevada bastante considerable, de esas que tanta ilusión me hacían de pequeña, cuando me iba a la cama cruzando los dedos para que amaneciera cubierto. Y es que mi pueblo, de arquitectura completamente anodina y con casi nada que lo distinga de otro, más que los magníficos paisajes que lo rodean, se convertía en un lugar mágico cuando nevaba. El aire olía diferente, las voces sonaban amortiguadas, la luz te podía cegar de tan brillante. Recuerdo a la gente sonreír más, pero eso puede ser una memoria inventada, como cuando pienso en mi niñez y siempre daba el sol, sabiendo perfectamente que si algo teníamos en abundancia en mi pueblo, era niebla.

Mi pueblo está en la montaña de Lugo. Encima de una montaña, en la provincia de Lugo, para ser más exactas. Nosotros, de hecho, no vamos a Lugo, bajamos a Lugo. Y cuando hay mucha nieve, dice la leyenda rural que los lobos suben a mi pueblo a buscar comida en los cubos de basura. No era raro encontrártelos a las 5 de la mañana a la salida de la discoteca.

Como está situado justo en la cima de una montaña, casi nada es llano. Eso incluye la plaza del pueblo. En días muy fríos, tirábamos agua, que llevábamos en cubos, desde la esquina del carrito de las golosinas. Para cuando llegaba al fondo de la plaza y a la escalera del estanco de abajo, era puro hielo, perfecto para jugar a patinar como en la tele. Sin patines, se entiende, lo nuestro era muy analógico. Tú ibas, tanteabas con las botas para ver si resbalabas, y tirabas p’alante.

El colmo de la sofisticación eran los sacos de pienso de plástico: buscabas campo con desnivel, aposentabas el culo en uno, lo agarrabas con las manos por delante, te impulsabas y te dejabas ir. La magia duraba hasta que te estrellabas contra un árbol o un muro, unos segundos, y luego te llevaba 10 minutos subir a pie arrastrando el puto plástico. Ese inconveniente técnico es lo que me impidió ser muy fan de los deportes de invierno. Lo mío era más lo del deporte de riesgo: los juegos de mesa.

El instituto estaba construido en un desnivel. Sorpresa. Para acceder a él había que subir una escalinata bastante alta. Pobre de ti si llegabas un poco tarde, porque los niños ya estaban arriba preparados con bolas de nieve con las que bombardeaban a los que iban llegando. Algunos llevaban paraguas para defenderse de lo peor de los golpes, pero no servía de mucho, los paraguas se rompían y el miedo de no saber por dónde te venían los proyectiles era peor que el golpe en sí. Obvia decir que los que tiraban bolas de nieve a los de abajo eran niños, las víctimas en su mayoría niñas, porque solíamos aceptarlo con resignación; hoy se llamaría machismo y bullying, o, en mi cabeza, machibulin. Nunca pasé por debajo (nótese que no digo por enfrente) del instituto sin recordar el miedo a que me partieran las gafas desde arriba.

Las vistas desde las ventanas del instituto eran tan bonitas, que culpo al paisaje de mi pueblo de mi pobre rendimiento académico. En un día normal, con niebla, el resto del mundo no existía, estabas como flotando en la nada. En un día soleado, veías un valle con una casa solitaria en el medio, y te imaginabas vivir allí, sin vecinos, sin ruidos, SIN GENTE. Otros días, las nubes estaban bajas, y lo que veías era un cielo azul interminable sobre un campo de algodón, y querías saltar por la ventana y volar. Cuando había nieve, era una postal perfecta y no podías apartar la mirada de tanta belleza.

Vista desde mi pueblo, con Os Ancares nevados al fondo. Foto cortesía de mi amiga Inma.

Pero primero tenías que pasar por el trago de las escaleras, las bolas de nieve y los abusones.

Katiuskas. Foto ilustrativa para las de otros climas.

Todas mis botas de invierno cogían agua. Era algo natural, como el tiempo. En invierno, en mi pueblo se tenían los pies fríos y se acabó. Si tenías botas calentitas y llovía, te pasaba el agua y se te congelaban los pies. Si tenías katiuskas, no te pasaba el agua, pero se te congelaban los pies igual. Los sabañones, esos grandes conocidos.

Luego también estaba el problema de la altura de las katiuskas en cuestión, porque no hay que ser el genio de las matemáticas que yo no era para darte cuenta de que, si las botas te llegan a media pantorrilla, y caen 60 centímetros de nieve, ahí, a lo loco, el agua te va a entrar en forma sólida desde arriba.

Sobre todo si haces ángeles en la nieve. Pero eso ya es un problema más especializado y puntual, porque la nieve se te va a meter hasta por el cuello del jersey y las mangas del abrigo. Por experiencia propia lo digo.

A veces caía tanta nieve, que no teníamos escuela durante una o dos semanas, porque el transporte escolar no podía subir al pueblo. No había correo, ni periódicos. Las noticias sólo llegaban a través de la radio o los dos canales de televisión, y eso si tenías suerte y había electricidad, porque a menudo se caían los cables de la luz con el peso de la nieve. Todas las casas tenían un cajón de velas y linternas. Se notaba que venías de una familia refinada si en la tuya había un petromás, que me enteré más tarde que se escribía Petromax y que ni siquiera lo era, era un campingás. Que tampoco se escribe así.

Lámpara Campingaz que se identifica como petromás.

Un pueblo de unos 1.000 habitantes, completamente aislado durante días, ¿qué podía salir mal? Desde mi mirada infantil y adolescente, nada. Me parecía estar en uno de los libros de Enyd Blyton, investigando y corriendo aventuras. El bosque de pinos y el silencio. Ahora, claro, desde mis 50 y pico, me imagino que los adultos estarían preocupados por cosas tan mundanas como cuánto durará la comida en las tiendas, cómo bajamos a alguien al hospital en caso de accidente, llegarán el carbón y la leña, dónde voy a secar la ropa de tanto crío.

Inevitablemente, la nieve se convertía en zoldra, esa lama que resulta de la nieve derretida, y el embrujo desaparece. El pueblo parece sucio y desaliñado, y el paisaje, desordenado, con unas zonas blancas y otras tristes. Los coches vuelven a circular y nos reconectamos al resto del mundo. Nuestra burbuja se rompe y tenemos que volver a la vida real.

Pero la primera nieve siempre me produce el mismo efecto, un sentimiento de asombro y esperanza. De belleza y pureza. De magia y posibilidades. No quisiera perderlo.

PS: No os comáis la nieve amarilla.

 

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19 comentarios

  1. Maravillosa descripción de una infancia lúcida que, sin ignorar el frío y las carencias, fija en la memoria paisajes, olores y belleza.
    Mi infancia fue tan alejada de la tuya! en una ciudad grande, nieve sólo en las películas… pero a cambio, un mar infinito y un clima benevolente. Recuerdo a mi madre en la playa, repartiendo los bocadillos para almorzar, el tiempo interminable de «hacer la digestión» para poder bañarnos, el agua mediterránea, los niños llorosos perdidos en la playa a los que, entre todas, ayudábamos a encontrar a su madre… bendita infancia que, como bien dices, ignoraba los problemas de la gente adulta!

  2. y, feminismo mediante, he de añadir que tu madre te fue a parir a lugo conduciendo 60 kms. ella misma el coche, un 25 de diciembre, con todo nevado. unos años después, un 4 de enero, lo tuvo que volver a hacer en idénticas circunstancias para que naciera yo. sobre eso he pensado muchas veces en mi vida… qué tipo de mujer aguanta eso y qué tipo de sociedad lo ve normal, algo hemos avanzado, creo.

    1. Cuenta la leyenda, que Martín de Lagarón fue el que llevó a mamá en su 600, por culpa, precisamente, de la nieve, para que naciera la maravilla que acabé siendo yo.
      Lo tuyo, puede ser completamente cierto, la montaña hace una clase especial de mujeres.

      1. ostras! no sabía, di por hecho que había sido igual, porque el mío me lo contó / reprochó? 😉 varias veces. así que eres hermana espiritual de tatá! y sí, también creo que la montaña hace gente… diferente 🙂

      2. Pués no tenía ni idea de eso. Pero puede ser…!!!! Entonces tú y yo, casi somos medio familia, no??? 😂😂😂😂

      3. ¡Hola, Tatá!! ¡Qué ilusión me hace que te hayas pasado por aquí!! Pues sí, a ver si tu madre lo confirma, pero es lo que yo tengo entendido. Y luego, un mes después, apareciste tú ❤️

  3. los inviernos de mi infancia fueron muy parecidos. mi habitación del segundo piso de un edificio de tres, con desván, es decir, a distancia considerable del tejado, era tan mágica que, si tenías sed, sólo tenías que abrir la ventana, extender la mano y cortar un trozo de carámbano de los que colgaban del tejado y chuparlo. muchas gracias por este viaje nuria, pelillos como escarpias mientras te leía, como si hiciera frío

  4. Te iba a escribir toda una pieza sobre cómo has usado las palabras para retratar sensaciones (térmicas, auditivas, visuales, olorosas, táctiles y/o gustativas) para hacer una película que se proyectaba en mi mente mientras leía,… pero entonces he leído la última frase.

    Y he visto también la película.

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