Las palabras no son violencia, la violencia es violencia

Charlie Kirk ha sido asesinado hoy a tiros por intentar abrir un debate sobre ideas políticas.

Charlie Kirk, Blog de Salagre

Charlie Kirk, fundador y director ejecutivo de Turning Point USA, conocido por sus apariciones en campus universitarios, donde debate ideas de izquierda, fue asesinado a tiros hoy en la Universidad de Utah Valley (UVU). Tenía previsto aparecer a finales de mes en la Universidad Estatal de Utah (USU) en Logan.

Una petición, firmada por casi 1.000 personas, exigía que se cancelara el evento «para ayudar a mantener la UVU como un lugar verdaderamente inclusivo para todos». La petición dice lo siguiente:

«El lema de la Universidad de Utah Valley es «un lugar para ti». Así que, ¿cómo puede la universidad afirmar que representa la inclusión y la diversidad al darle altavoz a un influencer como Charlie Kirk? Charlie Kirk es conocido por su retórica divisiva, que a menudo apoya políticas y leyes que no son inclusivas y pueden marginar a diversas comunidades».

Hasta el martes por la mañana, casi 7.000 personas habían firmado una petición exigiendo que también se le prohibiera venir a la USU, argumentando que este comentarista conservador no se ajusta al valor de la universidad de «inclusión para todos».

«La Universidad Estatal de Utah ha trabajado constantemente para fomentar un espacio inclusivo para todos sus estudiantes y profesores. Permitir que un figurante, cuyos discursos a menudo parecen socavar la esencia de la inclusividad, utilice nuestra querida institución como plataforma contradice esta misión».

Tras una década de insistencia por parte de la izquierda en que las palabras son violencia, que el desacuerdo político mata, que decir cosas como «las mujeres trans son hombres» equivale a un genocidio, un hombre real, vivo y humano —un hombre de 31 años, padre de dos criaturas— recibió un disparo en el cuello mientras estaba sentado en un escenario al aire libre, hablando ante una gran multitud.

Tras años de histeria insistiendo en que el presidente Donald Trump, sus seguidores y «la derecha» (sea lo que sea lo que eso signifique hoy en día) son una amenaza mortal para los progresistas, las «minorías», las mujeres, las personas que se dicen transgénero, la «gente de color», la clase trabajadora y, en general, para el país, sólo hemos visto pruebas infinitas de que la amenaza proviene del otro lado.

Esto ha sido obvio para todos los que hemos sido etiquetados como enemigos de las causas izquierdistas y de las diversas identidades que la izquierda dice proteger. Aquellos de nosotros que hablamos en público contra las vacas sagradas progresistas, que hemos desafiado la política y la legislación liberales, que criticamos la ideología izquierdista, incluida, por supuesto, la ideología de la identidad de género, estamos muy familiarizados con las amenazas de violencia.

No tememos el debate, ni las ideas diferentes, ni que nos desafíen o que discrepen de nosotros. Tememos la violencia física real y la muerte. Somos muy conscientes de que cada vez que hablamos en público existe la posibilidad de que nos ataquen o algo peor. Lo hacemos de todos modos porque es importante mantener la libertad de expresión, el debate abierto y tener las conversaciones que se nos dice que no podemos tener, ya que aparentemente son «peligrosas».

No creo que tenga que decir «puede que no estés de acuerdo con Charlie Kirk, pero él debería tener derecho a expresar sus ideas libremente y con seguridad, en público». Me repugna la idea de que debamos hacer una salvedad: «No estoy de acuerdo con todo lo que dice…». A quién le importa. A quién le importa si estás de acuerdo con Charlie Kirk, conmigo o con cualquier otra persona. Tu desacuerdo no te da derecho a cometer actos violentos.

Charlie Kirk era un hombre bueno e inteligente que buscaba un debate abierto y libre. Y lo mataron por ello.

Cuando Luigi Mangione asesinó a Brian Thompson, director ejecutivo de UnitedHealthcare, en público, en diciembre, legiones de izquierdistas lo vitorearon. Convirtieron a Mangione en un héroe. Según ellos, esta violencia estaba justificada por la «violencia existencial» que supuestamente causaba este hombre. Pero lo que importa no es si Thompson era «bueno» o «malo». No se puede asesinar a alguien por defender cosas que no te gustan. Sin embargo, esto es precisamente lo que la izquierda lleva años defendiendo. Según ellos, aquellos que la izquierda puede afirmar que representan y son responsables de un «sistema violento» o de la «opresión» son objetivos legítimos. Pueden ser policías, TERFas, Trump, Kirk o el director ejecutivo de una empresa que les haya perjudicado de alguna manera. Podrías ser tú. Con este tipo de justificación, el objetivo siempre va cambiando.

La sed de violencia de la izquierda ha sido inquietante durante años. Lo he visto de primera mano. Dejé mi ciudad natal y mi país por miedo a ser agredida físicamente (ya lo había sido), encarcelada o asesinada por mis «peligrosos» discursos contra la ideología de la identidad de género. La izquierda parece encontrar divertidos estos temores o simplemente es apática ante tales preocupaciones. Tienen una excusa perpetua en su política engañosa y su visión amoral del mundo.

Hoy no tengo mucho más que decir. El asesinato de Charlie Kirk es una tragedia horrible que me cuesta mucho entender. No quiero volver a oír a la izquierda decir que sus enemigos políticos son un peligro mortal cuando sabemos que es todo lo contrario: cuando buscan matar o cuando defienden la violencia contra aquellos a los que califican de «fascistas», «intolerantes» o «extremistas», o simplemente por estar en el extremo equivocado del espectro político. Cuando inventan etiquetas sin sentido, invirtiendo el significado de las palabras para su propia conveniencia, con el fin de defender su comportamiento poco ético, odiante y violento.

Las palabras no son violencia, las ideas no matan, el desacuerdo no es genocidio. No se puede afirmar que se lucha contra el odio, el fascismo o la intolerancia, ni se puede afirmar que se apoya la democracia, cuando al mismo tiempo se defiende que se silencie a los adversarios políticos o algo peor.

Si la izquierda no es capaz de encontrar en sí misma una ética que apoye la libertad de expresión y el debate abierto, y no puede oponerse clara e inequívocamente a las amenazas y la violencia contra sus supuestos enemigos, me temo que lo que estamos presenciando solo empeorará.

Dicho esto, está claro que ahora, más que nunca, todos debemos levantarnos y alzar la voz, y negarnos a dejarnos intimidar por la psicosis política y la retórica demencial que se ha apoderado de quienes dicen apoyar la «inclusión» y la «diversidad».

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