
Texto de Ane Maiora
Hay algo llamativo en la evolución de algunos defensores de la identidad nacional. Antes medían tu vasquidad por los apellidos. Hoy miden tu racismo por las preguntas que haces.
Durante años se alertaba de la “invasión” de gente de fuera y de la necesidad de proteger lo propio. Hoy, en cambio, cualquier pregunta sobre inmigración se considera racismo.
Antes la identidad se medía con apellidos: cuántos eran vascos, de dónde venían tus padres, si eras “suficientemente de aquí”. Incluso los apellidos funcionaban como un examen de pertenencia. y no quiero mencionar el tipo RH, o la medida de tus orejas (belarrimotz)
Quien no lo superaba podía ser etiquetado como “maketo”. La identidad era sagrada y excluyente. Hoy, en cambio, hablar de identidad o integración es sospechoso. Antes escrutaban tu origen, ahora te llaman racista si planteas las consecuencias de una inmigración masiva.
El caso de Ceuta es ilustrativo: miles de personas entraron desde Marruecos en un contexto que no fue sólo migratorio, sino de tensión política y uso de la frontera como presión entre Estados. Pero ese matiz incomoda. El relato dominante prefiere una versión simple.
En Europa ocurre algo similar con el islamismo y ciertas prácticas culturales. Se tiende a tratarlas como decisiones individuales aisladas, evitando discutir sus posibles implicaciones sociales, especialmente sobre las mujeres.
Cuando alguien lo plantea, aparece el comodín habitual: “racista”. Una etiqueta que sustituye al debate. Sin embargo, hay realidades que no desaparecen por ignorarlas: explotación sexual, trata, matrimonios forzados o violencia contra mujeres y niñas.
Esto no va de generalizar ni de criminalizar a los inmigrantes, sino de evitar dos errores a la vez: tratar a millones de personas como un bloque homogéneo y, al mismo tiempo, prohibir el análisis de problemas concretos. Eso no es antirracismo, es simplificación como mínimo.
La paradoja es evidente: quienes antes convertían los apellidos en prueba de pertenencia hoy se presentan como defensores de la diversidad, y quienes antes veían amenazas internas ahora consideran inaceptable cualquier crítica a ciertos fenómenos migratorios.
No se trata de afirmar que todos los migrantes son iguales, ni de lo contrario. Se trata de algo más básico: poder analizar la realidad sin que una etiqueta moral sustituya al argumento. Especialmente cuando hablamos de la protección de mujeres y niñas.
La pregunta sigue siendo la misma: ¿desde cuándo protegerlas depende del marco ideológico del agresor? Si la respuesta es “desde que el relato lo exige”, el problema no es la realidad, sino el RELATO.
¿Cómo hemos pasado de hablar de “maketos” y de denunciar invasiones que amenazaban nuestra identidad a defender ahora como intocable cualquier inmigración?
¿Qué tipo de complejo político, histórico o moral hace que alguien que ayer estaba obsesionado con preservar su identidad nacional hoy tenga que demostrar su virtud negando cualquier conflicto que pueda plantearse alrededor de la inmigración?
Antes había que demostrar que eras suficientemente vasco, ahora hay que demostrar que eres suficientemente woke. El mecanismo es el mismo: definir quién es moralmente aceptable y quién merece ser expulsado del grupo. Sólo han cambiado las etiquetas.
Toda una vida defendiendo la identidad nacional para acabar descubriendo que era intercambiable. Bastó un buen “¡WOKE!” para cambiar de identidad, de enemigo y hasta de principios. Hay que reconocerlo, semejante transformación ideológica no la consigue cualquiera.

