Por qué la «disforia de género» es una mentira

Dr. P, Blog de Salagre

El malestar psicológico y los comportamientos aberrantes siempre se van a conceptualizar desde la óptica de la cultura, y en cualquier sociedad y en cualquier momento dado creamos narrativas médicas y psicológicas para comprender mejor los aspectos del comportamiento humano basándonos en las normas imperantes. Estas, a su vez, dan forma a otros comportamientos. Esto se conoce como «conjunto de síntomas».

La anorexia era prácticamente desconocida en Hong Kong hasta que los psiquiatras occidentales lanzaron una campaña de concienciación pública en la década de los 90. En pocos años, los casos aumentaron un 2.500 %. Las niñas diagnosticadas con anorexia fueron tratadas con simpatía, se las sacó de la escuela y se les dio un refuerzo positivo debido a su enfermedad. Como era de esperar, más niñas comenzaron a restringir lo que comían, lo que provocó un creciente ciclo de retroalimentación de jóvenes que desarrollaban anorexia. La campaña de concienciación en Hong Kong había creado y difundido una nueva enfermedad mental (y sus secuelas conductuales) entre una población de adolescentes receptivas y sugestionables.

En los años 80 y 90, el «síndrome de los falsos recuerdos» provocó la ruptura de familias por acusaciones de supuestos abusos sexuales en la infancia, en particular incesto. Mediante imágenes guiadas, hipnosis y simples sugerencias, los psicólogos animaban a sus clientes (principalmente mujeres) a «recuperar» «recuerdos» totalmente ficticios de abusos sexuales, algunos de los cuales supuestamente se habían producido cuando tenían tan solo tres meses.

Tras el tsunami de Sri Lanka de 2004, el desconocido concepto de TEPT (Trastorno de Estrés Postraumático) fue introducido en el conjunto de la sociedad por agencias de ayuda extranjeras bienintencionadas.

En los primeros años del siglo XXI, Japón experimentó un aumento de la incidencia de la depresión después de que GlaxoSmithKline lanzara al mercado local el antidepresivo Paxil.

Incluso mucho antes, el trágicamente célebre caso del conjunto de síntomas en uso es el de Salem, Massachusetts, a finales del siglo XVII, donde fueron principalmente las adolescentes (¿les suena familiar?) quienes cayeron en la ilusión colectiva de que estaban siendo «pinchadas» (atacadas/poseídas) por el diablo. Los adultos se sumaron a esta idea. A medida que más chicas recibían atención positiva y simpatía al mostrar síntomas de posesión, el contagio se extendió. El resto, como se suele decir, es historia.

Actualmente, Occidente se encuentra inmerso en un escándalo médico sin precedentes derivado de una nueva incorporación al conjunto de síntomas, concretamente la disforia de género.

Es por eso que creo, desde mi perspectiva como psicóloga clínica con casi 30 años de experiencia, que la disforia de género es un concepto falso. Una falsedad que ha causado y, si no se detiene, seguirá causando un daño inconmensurable a un número incontable de personas.

La incorporación de la disforia de género al conjunto de síntomas se alimenta del concepto de identidad de género, una creencia metafísica e indemostrable de que todos tenemos un sentido innato de nuestro «género». Que nuestro género existe fuera de nuestros cuerpos físicos.

La disforia de género se produce cuando la identidad de género de una persona no coincide con su cuerpo sexuado.

Tras un diagnóstico de disforia de género, es casi inevitable la «atención de afirmación de género». Esto implica el uso muy poco ético y totalmente experimental de hormonas sintéticas del sexo opuesto y la mutilación quirúrgica de cuerpos físicamente sanos para alinearlos con la supuesta identidad de género de la persona.

Pero la disforia de género en sí misma no es real. No tiene base clínica ni empírica. Es un constructo falso, creado de la nada y publicado por primera vez en la quinta edición del Manual Diagnóstico y Estadístico de los Trastornos Mentales (DSM) en octubre de 2013. Los psicólogos no deberíamos participar en nada de esto.

Una parte fundamental de las competencias de una psicóloga clínica es la evaluación psicométrica. Psico/métrico significa literalmente «medir la mente». Los psicólogos pueden evaluar y cuantificar todo tipo de propiedades, cualidades y disfunciones psicológicas que se producen en los seres humanos. Ansiedad, depresión, trauma, resiliencia, sugestionabilidad, salud marital, satisfacción con la vida. Lo que sea, podemos medirlo.

Contamos con amplios catálogos de herramientas de evaluación (también conocidas como medidas y pruebas), que sólo se pueden adquirir según un código de cualificación determinado por el nivel de formación de cada uno. Las evaluaciones de más alto nivel (como las pruebas de CI y memoria) sólo pueden ser hechas por gente que posea un código de cualificación equivalente a un doctorado en psicología.

Estas medidas están diseñadas y creadas mediante un proceso de investigación por parte de psicólogos académicos. Cada prueba viene con un manual que describe: (1) el proceso por el que se creó; (2) la población sobre la que se estandarizó; (3) las contraindicaciones, es decir, a quiénes no se debe aplicar la prueba; (4) una explicación de su fiabilidad y validez estadísticas; y (5) estudios de casos que muestran las aplicaciones clínicas de la prueba. La mayoría de las medidas también cuentan con medios para detectar respuestas falsas o inconsistentes.

Las pruebas suelen tener una base numérica (por debajo de la cual se considera que una persona es asintomática) y un rango clínico, normalmente de sintomatología «leve», «moderada» y «grave». Cada manual tiene tablas de puntuación. Estas suelen estar separadas por sexo y por edad. Así, por ejemplo, en una prueba de detección del autismo, las normas para un niño de 16 años serán diferentes a las de una niña de ocho años o a las de un niño de ocho años. Si se aplica un conjunto de normas incorrecto, el resultado no será válido.

La mayoría de las pruebas para menores tienen: (1) un formulario de autoinforme (que rellena el o la menor); (2) un formulario para los progenitores; y (3) un formulario para los profesores. Los resultados se recopilan, se comparan y los programas informáticos pueden ayudar a realizar comparaciones intra e interevaluadoras. De este modo, se obtiene una imagen completa del funcionamiento de la o del menor.

Estas medidas tienen una base estadística y empírica sólida. No se sacaron de la manga.

Un psicólogo puede utilizar, por ejemplo, el CISS (Inventario de Afrontamiento de Situaciones Estresantes), una escala para medir los estilos de afrontamiento (tarea, emoción, afrontamiento orientado a la evitación, distinguiendo entre hombres y mujeres) en Estados Unidos, Canadá, Francia o España, y saber que todos están midiendo lo mismo. La mayoría de las pruebas están disponibles en diferentes idiomas. Determinan el funcionamiento de referencia y pueden volver a administrarse a lo largo del tiempo para evaluar los cambios tras cualquier intervención clínica.

Para alcanzar los objetivos de aliviar el malestar y mejorar el funcionamiento, los psicólogos llevan a cabo:
(1) valoración, basada en pruebas, entrevistas y observaciones;
(2) formulación, identificando el problema clínico, basándose en la evaluación;
(3) intervención, trabajo clínico, directamente con el cliente y/o el sistema familiar del cliente;
(4) evaluación, midiendo la eficacia de la intervención; y, cuando es necesario,
(5) reformulación, cambiando la intervención, o incluso la evaluación, para adaptarse a la nueva información.

Nada de esto ocurre para obtener el diagnóstico falso de disforia de género. En primer lugar, porque simplemente no existen pruebas estandarizadas para medirlo con precisión y, en segundo lugar, porque las características clínicas de la disforia de género no se obtienen mediante el método científico: es decir, pruebas formales, formulación, intervención, evaluación y, si es necesario, reformulación.

La disforia de género es, en realidad, un timo a largo plazo. Se trata como un constructo válido sólo porque aparece en el DSM. Pero el DSM no es más que el manual comercial de la Asociación Americana de Psiquiatría. Es una publicación comercial que genera ingresos. En términos de rigor clínico, la definición de disforia de género del DSM es análoga a la descripción de un artículo en el catálogo de Leroy Merlin o a la descripción de un coche de segunda mano en Coches.net.

La disforia de género fue creada por un comité. Unas cuantas personas (casi todas hombres), con motivaciones extremadamente sospechosas, se sentaron en una sala en 2013 y simplemente inventaron sus propiedades diagnósticas. No se aplicó ningún método científico en su conceptualización y categorización. (Genevieve Gluck, en X @WomenReadWomen, ha trabajado mucho sobre esto, mostrando la influencia que tuvieron entre bastidores los transactivistas y los fetichistas de la castración en su creación).

Esta falta de rigor científico se refleja en la definición de disforia de género, que está llena de estereotipos y razonamientos circulares:

1. Una marcada incongruencia entre el género experimentado/expresado y las características sexuales primarias y/o secundarias (o, en los adolescentes jóvenes, las características sexuales secundarias previstas).

2. Un fuerte deseo de deshacerse de las características sexuales primarias y/o secundarias debido a una marcada incongruencia con el género experimentado/expresado (o, en los adolescentes jóvenes, un deseo de impedir el desarrollo de las características sexuales secundarias previstas).

3. Un fuerte deseo de tener las características sexuales primarias y/o secundarias del otro género.

4. Un fuerte deseo de ser del otro género (o de algún género alternativo diferente del género asignado).

5. Un fuerte deseo de ser tratado como perteneciente al otro género (o a algún género alternativo diferente del género asignado).

6. Una fuerte convicción de que se tienen los sentimientos y reacciones típicos del otro género (o de algún género alternativo diferente del género asignado).

El increíble el número de veces que he leído frases como «La disforia de género es una condición real y angustiante, pero…», pronunciadas por periodistas, comentaristas y políticos.

¿De verdad? ¡Reto al que diga eso a que lea la «definición» de disforia de género del DSM-5!

Verá que no tiene ningún sentido:

  • ¿Qué es «marcado» y qué es «incongruente»?;
  • ¿Qué es «fuerte»? ¿Cómo se mide?;
  • ¿Cómo se determinan objetivamente el «deseo» y la «convicción»?;
  • ¿Cuáles son los «sentimientos y reacciones típicos» del «otro género»? ¿Significa esto que las niñas lloran y los niños no, que las niñas juegan con muñecas y los niños se suben a los árboles?;
  • ¿Cómo se determinan y cuantifican estos «sentimientos típicos»?;
  • ¿Cómo puede alguien saber que lo que siente pertenece al «otro género»?;
  • ¿Qué es un género «alternativo»?
  • ¿Qué hay de las diferencias culturales y de educación? ¿Cómo se tienen en cuenta en el «diagnóstico» de la disforia de género?
  • ¿Por qué estas condiciones sólo se aplican al «género»? ¿Por qué no a la raza, la riqueza, la clase social o la nacionalidad? ¿Por qué sólo a esta construcción social en particular?

Además, como apunte, en la prueba de CI de capacidad cognitiva, una de las tareas que mide el CI verbal consiste en definir palabras cada vez más complejas, pero sin utilizar la palabra inductora. Un ejemplo ilustrativo es: «¿Qué es un elefante?». No se puede responder diciendo «un elefante es un elefante». La respuesta correcta podría ser: «un elefante es un mamífero de cuatro patas del género Loxodonta». Pero la definición de género del DSM-5 no es más que una muestra espantosamente simplista de un burdo razonamiento circular. Básicamente dice «el género es el género». Como Zanco Panco le dijo a Alicia: «Significa lo que yo decida que signifique».

Es más, la disforia de género es el ÚNICO síntoma clínico del DSM-5 cuyo tratamiento implica (o incluso requiere) una intervención quirúrgica. Mia Hughes describe acertadamente la disforia de género como la clasificación «más peligrosa» del DSM-5.

El diagnóstico de disforia de género también carece de lo que los psicólogos denominamos «validez aparente», es decir, ¿mide (en este caso, describe) lo que parece describir? ¿Cómo es posible que un niño de seis años con pubertad precoz, un chico autista de 16 años, una lesbiana de 30 años y un hombre autoginéfilo (AGP) de 50 años casado que se pone en secreto las bragas de su mujer, todos ellos en diferentes etapas de desarrollo y con experiencias psicosociales muy diferentes, padezcan exactamente la misma afección clínica? ¡Eso simplemente carece de toda credibilidad!

Al no tener base clínica, la disforia de género es, en realidad, lo que el cliente (normalmente menor de edad) dice que es. A menudo, hombres adultos instruyen a menores en Internet para hacerles creer que son transgénero. Este proceso se conoce, de forma repugnante (y reveladora), como «incubar un huevo».

La disforia de género es el único constructo psicológico en el que el cliente básicamente se diagnostica a sí mismo y también determina su propia gravedad (el efecto Zanco Panco). Se espera que el terapeuta simplemente «afirme» la falsa creencia del cliente. No se permite la evaluación clínica, la intervención, la valoración y la reformulación que se producen con cualquier otra afección psicológica. Es, a menudo, incluso ilegal. En algunos países, como Brasil, Taiwán, Ecuador, Argentina, Alemania, Nueva Zelanda y Canadá, un terapeuta que intente trabajar de forma ética (es decir, llevando a cabo una psicoterapia exploratoria, como simplemente preguntar al cliente por qué cree que es «trans») puede perder su licencia para ejercer o incluso ser condenado por practicar la llamada «terapia de conversión».

Y como no existe ningún instrumento para medir la disforia de género, no hay forma de evaluar si lo que siente el cliente ha alcanzado un umbral clínico, su gravedad, si se ha reducido o aliviado y cuándo, o incluso si existe. Y sí, los clientes pueden mentir o estar engañados. Por eso, cualquier evaluación de la disforia de género, o lo que sea, debería ser un proceso sistémico y prolongado para eliminar y redirigir a las personas que se lo están inventando. (La Ley de Reconocimiento de Género del Reino Unido, aunque muy defectuosa, puede haber reconocido esto al imponer un período mínimo de dos años). Y en el caso de menores, cualquier evaluación de la disforia de género debe involucrar siempre a su familia, la escuela y los sistemas sociales en su conjunto. Nunca debe hacerse sólo con el menor.

Para ilustrar la peligrosa, e incluso criminal, situación, se puso en contacto conmigo una madre de California cuyo hijo autista de 16 años, que no habla, fue «diagnosticado» con disforia de género basándose en una conversación de texto de 20 minutos con un «terapeuta de género». Dos semanas más tarde, la clínica de género le envió por correo estrógenos. La madre consideró inevitable que su hijo se sometiera a una penectomía, una orquidectomía y una vaginoplastia. Parece que, cuando se trata de cuestiones de género, se ignora por completo la capacidad mental del propio cliente.

En pocas palabras, cualquiera puede obtener un «diagnóstico» de disforia de género con sólo solicitarlo.

Y, como acabamos de ver, la mentira de la disforia de género es tan peligrosa porque es la base sobre la que se sustenta la espectacularmente mal llamada «atención de afirmación de género». Una vez que se pronuncian las palabras mágicas «disforia de género», los médicos, sin pensarlo y debido a la presión de los activistas, abandonan todo lo que saben sobre el método científico, la protección de la infancia (y de los adultos) y toda ética y curiosidad profesionales. Casi instantáneamente inician el proceso que lleva a los clientes por un camino de daño médico irreversible.

Pero al «diagnosticar» la disforia de género, los psicólogos están cometiendo lo que se denomina atribuciones erróneas. Estas se producen cuando una persona atribuye un comportamiento o un sentimiento a una causa equivocada; por ejemplo, una persona que está teniendo un ataque de pánico puede pensar que sus síntomas físicos (dificultad para respirar, palpitaciones y mareos) son signos de un ataque al corazón. Del mismo modo, una persona con ansiedad social piensa que todo el mundo la mira y la juzga cada vez que sale de casa. Los psicólogos enseñan a sus clientes a detectar las atribuciones erróneas y a modificar su forma de pensar y, por lo tanto, sus respuestas conductuales. Sin embargo, al aceptar «afirmar» la disforia de género, los psicólogos están cometiendo ellos mismos una enorme y catastrófica atribución errónea y/o están actuando por miedo.

Los psicólogos deberíamos tener más criterio. Como psicóloga clínica durante casi 30 años, sólo me he topado con UN niño con problemas de género. Se trataba de un niño palestino que me fue derivado cuando trabajaba en Oriente Medio. (Ahora creo que podría haber tenido un DDS (Diferencia de Desarrollo Sexual) como Imane Khelif, ya que esta anomalía genética es común en esa población). Por el contrario, en el Reino Unido, a lo largo de décadas de práctica clínica, he asistido a miles de reuniones del Servicio Nacional de Salud de equipo, de derivación y de estudio de casos. Ni una sola vez se planteó el género como un problema clínico para ningún adulto o menor.

Esto sugiere claramente que la disforia de género es sólo una explicación nueva, falsa e increíblemente peligrosa para el malestar psicológico derivado de condiciones de desarrollo, psicosociales y neurobiológicas que los profesionales de la salud mental conocen y que hemos tratado con éxito desde siempre. Por ejemplo, condiciones y manifestaciones como el autismo, las dificultades de aprendizaje, el acoso escolar, la atracción hacia personas del mismo sexo, la disfunción familiar, las malas relaciones con los compañeros, las enfermedades mentales emergentes o los trastornos de la personalidad, el rechazo del propio cuerpo, la inquietud por los cambios físicos de la pubertad, etc. Y también el abuso sexual infantil, que, lamentablemente, es un factor determinante para la posterior identificación transgénero entre las niñas. Las niñas también están alcanzando la menarquia a edades cada vez más tempranas. No se puede subestimar el impacto psicosocial y la angustia que supone comenzar a menstruar a los nueve o diez años, o incluso antes.

Pero ahora, de forma alarmante y con una irresponsabilidad suprema, todo lo que forma parte de la condición humana se está incluyendo bajo el paraguas de la disforia de género.

No estoy diciendo que las personas que piensan que tienen disforia de género no estén sintiendo algo. Su infelicidad y angustia suelen ser reales. Pero esto se está atribuyendo a una causa errónea. Se está cometiendo un error de atribución desastroso y demoledor. Es decir, que existe un desajuste entre la supuesta identidad de género de una persona y su cuerpo físico, supuestamente incongruente. Así que al final nos quedamos con el tropo de «nacer en el cuerpo equivocado».

Yo planteo, en cambio, que la disforia de género pertenece a la familia de los trastornos de ansiedad y debería renombrarse «trastorno de ansiedad somatizada» (TAS). Los psicólogos son muy capaces de tratar los trastornos de ansiedad mediante la terapia conversacional y la modificación del comportamiento. El tratamiento del TAS no sería diferente de la psicoterapia estándar para la depresión, la ansiedad o los problemas de pareja.

Curiosamente, @_CryMiaRiver cree que la autoginefilia debería tener su propia categoría diagnóstica y que la disforia de género (o lo que sea) debería convertirse en un diagnóstico secundario de una categoría diagnóstica primaria, por ejemplo, el autismo o la depresión https://shorturl.at/N0xsL. Es una propuesta interesante y espero con interés que la amplíe.

Otro colega de psicología clínica, @Jaco_v_Z, ofrece una fascinante explicación psicodinámica de este contagio social, para el que la intervención correcta propuesta es la psicoterapia llevada a cabo por una persona debidamente cualificada. https://shorturl.at/47Rdp. Esto es lo que los psicólogos deberíamos hacer: utilizar nuestras diferentes perspectivas clínicas para ofrecer formas alternativas de comprender y tratar un sistema de creencias grave y peligroso que está devastando la sociedad occidental. Deberíamos estudiar, debatir y tratar de comprender lo que se supone que es la disforia de género.

No deberíamos «afirmarla» ciegamente.

Sin embargo, debido a una ideología feroz y un activismo fanático, a la incomprensión del público y a la manipulación cínica por parte de los intereses corporativos, la disforia de género ha logrado hacerse un hueco único en el ámbito terapéutico. Un lugar en el que ya no se aplican las normas clínicas o psicológicas habituales. No obstante, a pesar de su infiltración en la conciencia pública y de la distorsión de la práctica clínica, la disforia de género es un constructo falso. No se basa en nada más que en una ideología incoherente.

El debate no es cómo tratar mejor esta condición «real». La madre naturaleza no está cometiendo de repente un gran número de errores de desarrollo (principalmente en menores blancos occidentales). No hay ninguna patología subyacente. Por lo tanto, no debería haber hormonas, ni cirugía, ni interferencias en el curso normal de la pubertad. La única «intervención» para tratar la disforia de género debería ser la terapia conversacional y la modificación del comportamiento.

Las culturas a menudo se equivocan e inventan explicaciones artificiales para comprender los acontecimientos angustiantes que ocurren en el mundo que las rodea. Por ejemplo, en Guyana, el país natal de mis padres, existía la creencia en «Old Haig», un espíritu femenino incorpóreo que atacaba y mataba a los recién nacidos. Para proteger a los bebés, las madres colocaban una Biblia abierta por el salmo 23 debajo del colchón de la cuna. También cubrían todos los espejos, ya que se creía que «Old Haig» entraba en la casa por ahí. Ahora, con mejores conocimientos médicos y la comprensión del síndrome de muerte súbita infantil (SMSI), la gente ya no cree en «Old Haig». En su lugar, toman medidas eficaces y basadas en la evidencia para proteger a los recién nacidos, como colocarlos boca arriba para dormir con los pies tocando el fondo de la cuna y mantener baja la temperatura de la habitación.

Actualmente se está produciendo un malentendido conceptual similar con la catástrofe que supone la atención de afirmación de género. Al igual que hicieron los ancianos caribeños de la generación de mis abuelos, nosotros también nos hemos mostrado susceptibles de caer presa de un sistema de creencias falsas. La disforia de género no es más real que los recuerdos recuperados de la gente en la década de los 80, o que las niñas de Salem cuya histeria provocó 19 ejecuciones, incluida la de Dorothy Goode, que sólo tenía cuatro años.

Aunque han pasado 400 años desde Salem, nosotros, los seres humanos más sofisticados y educados que jamás hayan existido, estamos una vez más cometiendo los mismos errores. Nos estamos dejando llevar por una histeria colectiva que nos lleva a aplicar «atención sanitaria vital» a menores y adultos vulnerables sin una pizca de evidencia empírica.

Pero esta supuesta «atención sanitaria vital» no es incidentalmente iatrogénica (cuando el daño al paciente causado por las acciones del médico es incidental a sus actividades). No, la atención de afirmación de género es activamente antimédica. El objetivo (no la consecuencia) de la intervención es la extirpación de tejidos y órganos sanos y la alteración del delicado equilibrio del sistema endocrino. Menores y adultos que, por lo demás, gozan de buena salud se están convirtiendo en pacientes médicos de por vida. Sus cuerpos están siendo destruidos y su coeficiente intelectual y sus funciones cognitivas superiores están siendo dañadas.

(Véanse los enlaces a mis artículos sobre este tema):
https://x.com/Psychgirl211/status/1812912510061735973
https://x.com/Psychgirl211/status/1867635801061781864

Estarán sujetos a discapacidades progresivas, dolor crónico, infecciones intratables y revisiones quirúrgicas interminables. Sufrirán demencias prematuras y probablemente una muerte prematura.

Seremos todos nosotros los que pagaremos el coste de esta locura. Se necesitará realizar enormes y exhaustivos esfuerzos a nivel nacional para cuidar de estas personas a medida que envejecen y sus cuerpos y cerebros comienzan a deteriorarse bajo el embate de estas intervenciones médicas completamente innecesarias y poco éticas.

Pero, por ahora, el dinero es lo que más peso tiene. La atención de afirmación de género es la fuerza motriz de un mercado médico que crece un 10 % anual y que, en 2030, tendrá un valor de 6.200 millones de dólares. Y se alimenta de la falsa premisa de la disforia de género, nuestro equivalente moderno a pactar con el diablo, «Old Haig» y los recuerdos recuperados.

La disforia de género es una mentira corrupta que está causando un daño incalculable a innumerables personas. En su lugar, reconceptualicemos la disforia de género por lo que realmente es: un trastorno de ansiedad corporal (BAD), una expresión novedosa y ligada a la cultura de la disfunción emocional desordenada.

Dejemos que los profesionales de la medicina sean libres de ayudar a los clientes angustiados utilizando todas nuestras habilidades y conocimientos clínicos. No nos aten las manos. No nos criminalicen.

Cuando de la disforia de género se trata, me vienen a la mente las palabras de John F. Kennedy: «Sometemos todos los hechos a un conjunto prefabricado de interpretaciones. Disfrutamos de la comodidad de la opinión sin la incomodidad del pensamiento».

Ahora debemos ejercer el pensamiento y eliminar las opiniones. Debemos desmantelar las locuras tambaleantes, crueles y destructivas de la identidad de género, la disforia de género y la atención de afirmación de género.

Debemos eliminar la disforia de género de nuestro conjunto de síntomas.

De un hilo de X

2 respuestas

  1. Es terrorífico y totalmente irracional, en ninguna otra “enfermedad” se permite el auto diagnóstico y en este caso, no se permiten dudas al respecto.

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