¿Por qué se convierten los incels en chicas?

El manifiesto de 73 páginas contiene numerosos ejemplos de chicos que han hecho la transición «con éxito».
Nota de la traductora: los transmaxxers son, en palabras de Sanjana Friedman, hombres que creen que la «transición de género» puede ser una herramienta eficaz para escapar de la miseria del celibato involuntario, el aislamiento social y la mediocridad profesional. 
El auge del «transmaxxing» es una señal de lo que está por venir.

Un nuevo informe de Sanjana Friedman en Pirate Wires documenta un fenómeno que ha sido fuente de discusión durante un tiempo entre los que se pasan la vida en línea, y ahora ha salido a la luz. El «Transmaxxing» es una subcultura de hombres jóvenes que adoptan identidades trans no porque crean que «nacieron en el cuerpo equivocado», sino simplemente porque pueden, y porque piensan que mejorará sus vidas.

Es un fenómeno que deja completamente al desnudo la verdadera cara de la era cyborg: una cultura atrapada entre una tecnología cada vez más poderosa y el colapso de cualquier narrativa coherente sobre la mejor manera de utilizarla para el bien en el sentido general de que todas las narrativas son intercambiables.

Como dice Friedman, los transmaxxers son sorprendentemente post-ideológicos sobre su auto-remodelación, al menos en comparación con la narrativa trans oficial, que se basa en gran medida en el discurso de los derechos civiles del siglo XX. Desde este punto de vista, la «identidad de género» es inmutable y las personas trans simplemente «nacen así».

Sin embargo, muchos transmaxxers se modifican a sí mismos solo porque quieren (en este manifiesto de 73 páginas se muestran ejemplos de ‘transmaxxing’). Algunos informan que se inventan historias de disforia de género para los profesionales médicos, mientras que otros se autoinducen disforia de género viendo ‘sissy hypno’, un tipo de video en el que se combinan estímulos hipnóticos (y a veces también pornográficos) con mensajes que alientan al espectador masculino a adoptar una apariencia o un comportamiento femenino. El carácter post-ideológico del fenómeno se ve acentuado aún más por la frecuencia con la que tales individuos pasan de abrazar las ideologías «incel», asociadas a la derecha, a las identidades «trans», asociadas a la izquierda.

En su mayor parte, la contienda entre los activistas trans y sus oponentes feministas se ha desarrollado en el campo del «género»: qué es, si tiene categorías diferenciadas, cómo se relaciona (o si se relaciona) con la fisiología, etc. Un puñado más reducido de escritores ha llamado la atención sobre las implicaciones transhumanistas (artículo traducido al español) de reclamar el derecho a remodelar el cuerpo físico basándose en un sentimiento interior infalsificable.

Esta visión ve la medicina no como una práctica restauradora destinada a devolvernos a una comprensión compartida de lo «normal», sino como un método potencialmente ilimitado de mejorar lo «normal» según el deseo y la preferencia personales. Algunos transactivistas, como el empresario farmacéutico Martine Rothblatt, llevan tiempo defendiendo abiertamente esa idea (aquí un artículo sobre Rothblatt en español). Pero hasta ahora el debate se ha mantenido en gran medida dentro del marco moral pre-cyborg de la igualdad, la justicia y los derechos.

Sin embargo, como señala Friedman, lo que llama la atención de los transmaxxers es la forma en la que están abandonando alegremente la narrativa de los derechos civiles en favor de una aceptación abierta y total de la perspectiva transhumanista. Muchos transmaxxers cuentan que las intervenciones han mejorado significativamente sus vidas; ¿Por qué, podrían preguntarse estas personas, necesita alguien una historia de «nacer en el cuerpo equivocado» para justificar algo que funciona por sí mismo?

Y es aquí donde vislumbramos la verdadera cara de la era cyborg: un paradigma cultural emergente en el que la tecnología es la ideología. Las opiniones que alguien apoya mientras se adentra en una madriguera de conejo de Internet importan menos que el impacto psicológico acumulativo de pasar todo el día, todos los días, en esa madriguera de conejo: una condición de disociación corporal radical y (cada vez más mensurable) aislamiento social del mundo real.

Una vez que el yo está disociado del cuerpo, no hay ninguna razón obvia para no tratar ese «traje de carne» como un instrumento que haya que optimizar, ya sea mediante hormonas, cirugía u otras intervenciones, en busca de una mayor felicidad, y de nuevo la historia importa menos que el hecho de que simplemente lo haces porque puedes.

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