
Texto de Ane Maiora
El wokismo prometía una sociedad más libre, más justa y más tolerante. Ha conseguido una sociedad donde cada vez más gente tiene miedo de decir lo que piensa.
Nos dicen que hay que “seguir a la ciencia”. Salvo cuando la ciencia no encaja con el relato. Entonces deja de importar. Nos dicen que los estereotipos de género son dañinos. Pero si un niño no encaja en ellos… quizá haya nacido en el cuerpo equivocado.
Nos hablan constantemente de diversidad. Pero la única diversidad que parece molestar es la diversidad de opinión. Se puede criticar sin límites a Occidente, a Europa o a España. Pero cuestionar determinadas ideas se convierte automáticamente en “odio” o “fascismo”.
Nos repiten que las fronteras son un concepto anticuado. Hasta que un país descubre que sin fronteras, tampoco hay Estado. Y sin Estado, tampoco hay derechos.
Lo ocurrido en Ceuta debería haber servido para abrir un debate serio. Cuando un Estado utiliza a miles de personas para presionar a otro Estado, el problema ya no es sólo migratorio. Es un ataque a su soberanía.
Pero para algunos era más importante llamar “racista” a quien hablaba de fronteras que preguntarse quién estaba utilizando a esas personas y con qué objetivo. Esa es la gran contradicción del wokismo.
Dice defender a los más vulnerables, pero muchas veces acaba defendiendo relatos que benefician a quienes los utilizan. Una democracia necesita derechos, pero también necesita fronteras, seguridad, libertad para debatir y ciudadanos que puedan decir lo evidente.
El mayor triunfo del wokismo no ha sido cambiar la realidad. Ha sido conseguir que mucha gente tenga miedo de describirla. Y, por desgracia para ellos, la realidad siempre acaba ganando.
El wokismo prometía amplificar la voz de las mujeres. En demasiadas ocasiones ha acabado diciéndoles qué pueden decir, qué deben pensar y cuándo tienen que apartarse por una causa considerada más importante.
Quienes dicen representar al feminismo deberían preguntarse cuándo dejaron de defender a las mujeres para empezar a defender el relato. Si para ser una “buena feminista” hay que negar la realidad, aceptar y callar por miedo a la cancelación, el problema no soy yo.
Cuando la defensa de las mujeres y las niñas deja de ser el objetivo y pasa a ser un instrumento al servicio de una ideología, ya no estamos hablando de feminismo.
La mayor estafa del feminismo woke ha sido convencer a muchas mujeres de que defender sus derechos exige dejar de hablar de mujeres, que hay causas más importantes, que hay prioridades superiores.
Basta de feministas de pacotilla que pretenden decirnos cuál debe ser nuestra lucha mientras nos imponen ideologías que poco o nada tienen que ver con la defensa de las mujeres y las niñas. No necesitamos más consignas ni necesitamos más relatos.
A las feministas de pacotilla que quieren convertir nuestra lucha en el vehículo de cualquier otra ideología: NO. Nuestra causa no es vuestro laboratorio político. La defensa de las mujeres y las niñas no admite subordinados ni causas de segunda.
No vamos a renunciar a esa realidad para satisfacer ningún relato.


4 respuestas
Sencillamente, excelente.
Estoy de acuerdo. Un saludo, Ignacio.
Completamente de acuerdo.
Siendo bien pensada, es imposible entender cómo han acabado ahí.
Y cómo pelean por los hombres, me tiene boquiabierta.
Un saludo, Ana.