Nuestras vidas se están empobreciendo por las junglas de hormigón sin alma en las que vivimos.

Ahora vivo en Glasgow, pero crecí en Londres. Y recuerdo que, cuando era adolescente y estudiaba para mi GCSE de teatro (equivalente aproximadamente a la ESO en España o a los últimos años de secundaria), fui a ver la espectacular interpretación de Alun Armstrong como Francisco Pizarro en La Caza Real del Sol, de Peter Shaffer, en el Royal National Theatre. Fue un espectáculo suntuoso, con una puesta en escena y un vestuario vibrantes y elegantes, que contrastaban fuertemente con los oscuros temas inherentes a la exquisitamente desgarradora narrativa de Shaffer. Pero al contemplar el National a los 16 años, tuve una experiencia similar a la de miles de personas a lo largo de los años al alzar la vista al edificio, a ese repulsivo esperpento de hormigón.
«¿En serio esto es lo mejor que podemos hacer?», me pregunté. Albergamos lo mejor de nuestro esfuerzo artístico nacional en un aparcamiento de varias plantas. Y, si por mí fuera, ni siquiera los aparcamientos tendrían ese aspecto.
Hoy en día, los urbanistas parecen promover la fealdad como una especie de mensaje cuasi-político. Cualquier ciudad británica lo demuestra con suficiente claridad: las urbanizaciones están construidas con hormigón gris, se levantan nuevas torres que podrían estar en cualquier parte del mundo, y las circunvalaciones, como la que rodea mi casa en Glasgow, nos cercan con una falta de encanto casi desafiante. La planificación urbana británica moderna es un negocio verdaderamente sin alma, y lo ha sido desde mediados del siglo XX.
No son lugares diseñados para ser amados. No inspiran ese sobrecogimiento sagrado de las catedrales de antaño; ni sugieren una elegante sobriedad, como una bonita callejuela georgiana. Funcionan, y cada vez más se nos dice que eso es suficiente.
He llegado a pensar que la arquitectura y el urbanismo feos no son cosas neutras, sino más bien síntomas de una enfermedad que se extiende. Ya no damos por sentado que los entornos que habitamos deban inspirarnos, deleitarnos, hacernos sentir grandes o pequeños, ni hacer nada más que encerrarnos en hormigón.
Los arquitectos y ciertos licenciados te hablarán de las numerosas ventajas del brutalismo, de la elegancia filosófica del posmodernismo. Pero el deseo de proporción, elegancia, color y armonía, de algo que nos ayude a trascender lo cotidiano, en lugar de obligarnos a resignarnos a él, no se aprende en instituciones educativas privilegiadas. Es inherente, forma parte de ser humano.
Nuestra voluntad como sociedad de proporcionar belleza está disminuyendo. Y cuando desaparece, son las clases trabajadoras las que sienten su ausencia con mayor intensidad. Pregunta a cualquiera que haya crecido en un barrio de viviendas sociales del siglo XX. Son las personas corrientes, atrapadas en viviendas modernas, que utilizan a diario esos feos aparcamientos y edificios públicos, las que cargan con las consecuencias de una decisión política de afear el mundo humano.
El brutalismo no fue un accidente. Surgió a través de los regímenes de planificación de mediados del siglo XX implementados por los gobiernos de posguerra, a menudo influenciados por ideales de izquierdas. Tras la Segunda Guerra Mundial, muchos gobiernos europeos estaban expandiendo el estado del bienestar. En Gran Bretaña también lo hacíamos. Existía un profundo compromiso político para proporcionar viviendas sociales, instituciones públicas e infraestructura cívica de forma rápida y asequible. Hasta ahí, bien: aplaudo el consenso de posguerra como un momento de orgullo nacional.
Pero la eficiencia, la uniformidad y la provisión masiva eran prioridades sociales y económicas, no una receta para crear algo hermoso. El brutalismo, con su hormigón visto, sus formas modulares y su ornamentación mínima, encaja perfectamente con esos objetivos. Era eficiente, escalable y rechazaba lo que se consideraba el exceso decorativo de la arquitectura anterior, vinculada a las clases sociales. El diseño funcional podía crear una sociedad más justa, nos decían, y seguimos sufriendo las consecuencias de esas sensibilidades.
Un patrón similar parece haberse infiltrado en nuestra cultura en general, aunque esta vez quizá impulsado por los «tech bros» y los tipos de Silicon Valley. El arte y la literatura, y los magníficos mundos interiores que reflejan y enriquecen, están cediendo terreno a TikTok y toda esa basura. Como autor de libros infantiles, veo de forma especialmente dura cómo esto se manifiesta. Cada vez menos criaturas leen por placer, y menos familias transmiten el hábito de la atención sostenida al lenguaje. Hace poco impartí un taller de escritura creativa en un colegio. Muchos de los niños y niñas de 11 años a los que enseñaba tenían un nivel de lectura de seis años. Porque la lectura, que antes era un portal brillante a otros mundos, está cada vez más rechazada.
Algo vital se pierde al perder la capacidad de deleitarnos con las palabras y los relatos, de involucrarnos con la filosofía y aprender nuestras historias. Al igual que con la arquitectura, ya no nos levanta el espíritu, sino que nos arrastra hacia abajo. Y al igual que con la arquitectura, las consecuencias son desiguales. Algunas criaturas, rodeadas de libros, seguirán encontrando su camino hacia ese mundo más rico. Otras no lo harán, por falta de exposición, en gran parte debido a la ambivalencia de sus padres.
Estas dos decadencias paralelas, entornos intencionadamente más feos y un menor compromiso con la literatura, reflejan una deriva similar: una pérdida de confianza en que la vida cotidiana debe ser elevada. Un edificio público bien construido y una frase bien redactada transmiten cuidado, intención y algo que va más allá de la mera utilidad. Ambos alegran el día, y no subestimemos la importancia de eso. Cuando abandonamos cualquiera de ellos, nos empobrecemos.
La belleza, en todas sus formas, no es prescindible. Es parte de una vida bien vivida. Una sociedad que deja de ofrecerla pronto olvidará cómo reconocerla y, con el tiempo, dejará de exigirla por completo. Saldrá perdiendo por ello.
Si albergamos la obra de Shaffer en un mazacote brutalista, corremos el riesgo de socavar lo que Shaffer quería transmitir. Dejaremos de sentirnos inspirados y desafiados por la gran literatura, el teatro y el arte, y en su lugar nos conformaremos con revolcarnos en la bazofia de Internet. Desde luego, este no es el mundo en el que queremos vivir, ni el que queremos legar a nuestros hijos e hijas.

