Cómo Live Aid arruinó la música pop

Cómo Live Aid arruinó la música pop

Live Aid, Blog de Salagre
Foto: Getty

Hoy se cumple el cuadragésimo aniversario de Live Aid, el épico concierto pop televisado —o «jukebox global»— diseñado para recaudar fondos para paliar la devastadora hambruna etíope. El evento se dividió entre el estadio de Wembley (en Londres) y el estadio Kennedy de Filadelfia. Ya en aquel momento se anunció como un día histórico, un acontecimiento que cambiaría el mundo y la música pop. Y creo que así fue, pero quizá no de la forma en que todos pensaban.

Yo tenía 17 años y, aunque no sabía explicar por qué, sentía que había algo que no encajaba en todo aquel asunto. «Las multitudes, debidamente agitadas por hábiles demagogos, están dispuestas a creer cualquier cosa», escribió H. L. Mencken en 1918, y yo sentía en lo más profundo de mi ser que Bob Geldof, por muy buenas que fueran sus intenciones, estaba agitando a una turba y aplastando sus pensamientos.

Para mí, la música pop occidental moderna producida en masa no tiene cabida al aire libre. Es algo maravilloso, pero antinatural, sintético y artificial. Se disfruta mejor solo en casa o en pequeños locales cerrados. Las grandes concentraciones la exaltan más allá de sus posibilidades, o más bien la convierten en un rito báquico masivo.

Podía sentir un extraño cambio cultural, aunque no podía expresarlo con palabras. Para mí, Live Aid supuso el final de algo, o la transformación de algo más allá de sus límites naturales. Un estudio de los datos de Spotify de 2018 reveló que nuestros gustos musicales se fijan cuando somos adolescentes: a los 14 años en el caso de los hombres y a los 13 en el de las mujeres. De ahí se deduce que los primeros cambios musicales que se producen después de esa edad nos resultan especialmente discordantes. Para un observador común y desinteresado, las diferencias entre las listas de éxitos de 1982 y 1985 parecerán muy pequeñas. Pero para mí, en esa edad crucial, era muy evidente que algo había cambiado, y Live Aid fue la gota que colmó el vaso.

La escena pop de 1982 era divertida, variada y, aunque insípida, innovadora. Soft Cell, ABC, Yazoo, The Associates, The Teardrop Explodes, Shalamar, Dexy’s… Todos eran muy diferentes. Live Aid fue una enorme nivelación corporativa desde arriba de todo eso. Fue el regreso de los dioses del rock jubilados y el establecimiento de un grupo de preocupaciones más nuevas y mucho más tontas: Madonna, U2 y Paul Young. El pop nunca fue precisamente Mensa, no, pero el cerebro que tenía se evaporó ese día y nunca volvió.

Mi pequeña burbuja new wave estalló por completo. Se había alimentado de los vapores de los álbumes Low y Heroes de Bowie de 1977, y de una manera extraña, esto cerró el círculo con la actuación de Bowie en Live Aid. La canción «Heroes» renació ese día, pero su fuerza y su angustia se desvanecieron al convertirse en un himno de rock de estadio que se glorificaba a sí mismo.

Hubo otras rarezas y desaciertos en el cartel. La inclusión de Adam Ant, que llevaba años sin tener un éxito, parecía simplemente extraña en 1985. Bryan Ferry, con un catálogo de grandes éxitos para cantar a coro, decidió, en cambio, promocionar temas de su último álbum que no eran singles. Y hubo frecuentes yuxtaposiciones burdas, siendo la más «impactante» la reproducción de la cursi y sensiblera «Drive» de The Cars sobre imágenes de criaturas etíopes moribundas. La música pop, una chuchería maravillosa, simplemente no estaba preparada para estas emociones o situaciones.

Otra cosa que me irritó muchísimo fue la idea de que las estrellas del pop se volvieran ejemplos morales. A partir de ese día, se suponía que debíamos venerar a estas personas. Entra en escena la pomposa verborrea de Sting, Bono, etc., que viajan por todo el planeta combinando sus cancioncillas cutres con geopolítica y topicazos económicos manidos de suma cero: «ellos no tienen nada porque nosotros lo tenemos todo». Porque los problemas del mundo eran, de alguna manera, culpa nuestra.

En cierto modo, lo eran. La hambruna etíope sin duda lo era, pero no en el sentido que Live Aid asumía alegremente. Era el resultado directo de la exportación más mortífera de Occidente: el marxismo. El régimen Derg de Etiopía, el Terror Rojo, la colectivización forzosa de las granjas y las «reformas» agrarias. Se estima que el gobierno marxista del dictador Mengistu es responsable de la muerte de dos millones de etíopes en la hambruna. Pero no os preocupéis. Mengistu vive hoy en el lujo en el exilio en Harare.

Así que exportamos el marxismo a Etiopía y murió de hambre, y encima de eso tuvimos la osadía de añadirle Spandau Ballet, Phil Collins y Nik Kershaw. Peor aún, teníamos a occidentales idiotas como The Style Council defendiendo la misma ideología, desde la segura distancia de Woking (ciudad de Surrey, Inglaterra), disfrutando de todas las libertades y de la abundancia del capitalismo occidental, y sabiendo perfectamente que su pueril farol político nunca sería descubierto.

Así que no voy a participar en las celebraciones del aniversario de Live Aid hoy. Me da bastante náuseas, incluso 40 años después.

Artículo original

Un comentario

  1. Puede que tenga algo de razón, pero llamarle marxismo a esos regímenes totalitarios, cuya única evidencia de su vinculación con la ideología marxista es su propia autodenominación («yo soy marxista, porque yo lo digo»), es lo que se llama «tomar el nombre de Marx en vano». Para que luego digan que las «autoidentificaciones» son un invento woke…

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