Cuando tratamos las preocupaciones cotidianas como una grave afección médica, ¿es de extrañar que el gasto en prestaciones se dispare?

En octubre de 2011, escribí una columna para este periódico sobre un nuevo y extravagante fenómeno en La La Land (Los Ángeles, en modo irónico), donde vivía en aquel momento. De repente, y sin motivo aparente, todo el mundo se puso a hablar de «ansiedad». No como un hecho de la vida. No como una sensación mundana y fugaz que experimenta aproximadamente el 100 % de la población estadounidense en algún momento u otro —el 100 % de la población mundial, de hecho—, sino de una forma oscura y cargada de significado.
Esto era «Ansiedad» con «A» mayúscula. Una nueva y grave afección moderna que elevaba a quienes la padecían por encima de las masas, les otorgaba el estatus de víctimas, les eximía de responsabilidad y requería atención psico médica urgente. Y, lo más importante, era permanente: había venido para quedarse. La gente ya no «se sentía ansiosa», porque eso implicaba que pasaría; ahora «sufría de Ansiedad».
«Aquí, en Los Ángeles», escribí con la prepotencia de la expatriada convencida de que semejante tontería nunca ocurriría en su país, «la ansiedad está a la altura de tener pelos visibles en la nariz o de una presidencia de Michele Bachmann: solo de pensarlo, la gente ya se pone ansiosa».
Avancemos 15 años y no sólo nos hemos creído esa tontería, sino que hemos caído de lleno en la gran estafa de la ansiedad.
Utilizo la palabra «estafa» a propósito. Porque, tal y como reveló un informe este fin de semana, los contribuyentes británicos están desembolsando 800 libras (920 euros) por minuto en prestaciones por discapacidad a personas que afirman sufrir ansiedad. De hecho, el coste del Subsidio de Independencia Personal (PIP) para tratar esta discapacidad (o emoción humana normal) se ha disparado de menos de 100 millones de libras en 2019 a casi 427 millones el año pasado. Dado que las normas actuales permiten a cualquiera (independientemente de sus ingresos) cobrar esas prestaciones sin siquiera acudir al médico, es de suponer que esa cifra se va a multiplicar.
Ahora bien, antes de continuar, debo hacer una salvedad. Es la misma salvedad que requiere cualquier artículo sobre la cultura de la víctima y nuestro extraño deseo de padecer algún tipo de trastorno: soy consciente de que la ansiedad extrema es algo real y genuino. He presenciado cómo una amiga caía en espirales de pánico por cuestiones totalmente manejables. La he visto luchar por respirar mientras su mente volvía una y otra vez sobre un desafío que otros podrían ignorar sin más, y esto era, sin ninguna duda, algo que requería tratamiento.
Sin embargo, ¿creo que uno de cada diez británicos padece un trastorno de ansiedad? No. Lo siento. En cuanto a los datos que indican que «el 20 % de los adultos del Reino Unido se siente ansioso la mayor parte del tiempo o todo el tiempo», bueno, eso depende de cómo se defina la ansiedad, ¿no? Si defines la ansiedad como vivir la vida, pillar atascos de tráfico, tener desacuerdos ocasionales con amigos o familiares, y que tu repartidor de Glovo tenga «otra parada de camino»—, entonces, claro, un estado de ansiedad casi constante parece totalmente plausible.
El Departamento de Trabajo y Pensiones parece considerar que vivir y tener un trastorno de ansiedad son sinónimos —al menos a juzgar por los formularios del Subsidio de Independencia Personal. A los solicitantes, que son evaluados mediante un sistema de puntos, se les pide que demuestren que tienen dificultades significativas en varias áreas de la vida cotidiana —algo que yo, una de las personas menos ansiosas que jamás conocerás, fui capaz de hacer en cinco segundos.
¿Necesito recordatorios ocasionales para socializar? Absolutamente: eso ya me da dos puntos. ¿Tardo más en cocinar que la mayoría? Otros dos puntos. ¿Y qué hay de sentirme a veces incapaz de poder con todo? Oh, al menos una vez al día. Son ocho puntos: ¡enhorabuena! Sólo ocho puntos de los posibles 72 me dan derecho a una prestación diaria estándar de 73,90 libras (85 euros) a la semana. Menos mal que el gasto en prestaciones de Gran Bretaña no está fuera de control, ¿verdad? (Se prevé que el gasto total en Subsidio de Independencia Personal aumente de 26.000 millones de libras al año a 38.000 millones en cinco años). Será mejor que vaya a contárselo a todos mis amigos. No se pueden perder este chollo.
Como siempre (y hablando en serio), esto no va de los solicitantes genuinos. Va de los estafadores. Los oportunistas. Va de Catherine Wieland, una mujer de 33 años de West Sussex, a quien el mes pasado se le impuso una condena condicional tras recibir 23.000 libras por un trastorno de ansiedad tan agudo que era incapaz de salir de casa. Se descubrió que esa misma Wieland había ido a la peluquería 76 veces y 60 al pub; fue fotografiada de fiesta, haciendo surf y lanzándose en tirolina en México.
Va de los «coaches de ansiedad» de TikTok con cientos de miles de seguidores; los que explican a la gente exactamente cómo engañar al sistema más fácil de engañar. No sé qué es peor: los oportunistas cínicos o las personas tan desesperadas por parecer frágiles que se dejan arrastrar por esta narrativa fraudulenta.
Sin embargo, una cosa es segura: hasta que dejemos de recompensar a los estafadores y a los perseguidores de victimismo, hasta que empecemos a decirles a las criaturas desde pequeñas que los episodios de ansiedad son una parte normal de nuestras fluctuaciones de humor diarias, estamos creando activamente una nación de Catherine Wielands. Eso es suficiente para provocar un ataque de ansiedad a cualquier contribuyente.

