La nueva arma del islam en la guerra contra las mujeres

Cuando el resentimiento masculino encuentra a Alá.

Ayaan Hirsi Ali, Blog de Salagre
Estoy segura de que algunos lectores habrán oído hablar del movimiento red pill (pastilla roja), llamado así por la película de ciencia ficción Matrix. Sus seguidores afirman revelar verdades sobre la sociedad, en particular sobre las relaciones entre los sexos, que muchos no logran ver. Centrados inicialmente en criticar el feminismo moderno, los red pillers animaban a los hombres a mejorarse a sí mismos: ponerse en forma, adquirir habilidades, alcanzar la independencia económica y asumir la responsabilidad de su propia felicidad en lugar de buscar la validación de las mujeres. El mensaje caló en millones de chicos y hombres jóvenes que se sentían aislados, rechazados o perdidos, sin que ello estuviera necesariamente motivado por la misoginia.

El movimiento original, lejos de ser perfecto, les vendía a los hombres una forma de mejorar su suerte, tanto en sentido literal como figurado. Pero la automejora pronto dio paso a la convicción de que los hombres deben controlar a las mujeres y tienen derecho a imponer ese control. Las citas se convirtieron en una batalla entre los sexos por el poder, en la que las mujeres eran presentadas como adversarias diabólicas.

Andrew Tate sacó a la machosfera del anonimato en Internet al hacer alarde de coches lujosos, riqueza, una descarada confianza en sí mismo y un estudiado desprecio por las normas políticamente correctas. Predicaba el evangelio de adelantarse, aplastar a la competencia, acumular dinero y posesiones, y mantener a las mujeres sometidas, o, al menos, asegurarse de que nunca salieran ganando.

Tate glamorizó la dominación masculina, vendiéndola a través de cursos fraudulentos y de una bravuconería sexual desmesurada. Luego todo se vino abajo. Sus problemas legales, en medio de acusaciones de violación, agresión física y trata de personas, parecían marcar el fin del movimiento red pill.

Pero las apariencias engañan.

Tate lleva mucho tiempo afirmando que habla en nombre de los valores occidentales, pero este charlatán de habla suave se ha convertido al islam. Mantiene un harén de mujeres y tiene criaturas con varias parejas.

Ahora que se enfrenta a la perspectiva de pasar décadas en la cárcel, un grupo de discípulos está difundiendo su mensaje con mayor fuerza, mayor veneno e incluso más odio.

Como señalaba un reciente informe de WIRED, la machosfera musulmana se está volviendo mainstream. Influencers musulmanes devotos están inyectando ideología islámica en el mensaje red pill, presentando la dominación masculina como una cuestión de tradición, piedad, modestia, preservación de la familia y necesidad civilizatoria.

Autodenominados coaches de relaciones y comentaristas islámicos invocan la autoridad de Alá para condenar el feminismo y la igualdad entre los sexos, y dictan cómo deben vestirse, comportarse y comunicarse las mujeres. Denigran a cualquiera que cuestione su narrativa. Mientras tanto, sus seguidores acosan regularmente a mujeres, bombardeando sus mensajes directos y bandejas de entrada con mensajes no solicitados sobre sus carreras y su aspecto físico.

Muchos progresistas occidentales son cobardes, reacios a criticar a los misóginos de minorías étnicas y religiosas, por miedo a que se les tilde de islamófobos. Sin embargo, quienes condenaron sin dudar el movimiento red pill original, cuando estaba dominado principalmente por hombres blancos, deberían mostrarse igual de dispuestos a atacar su mutación más tóxica.

Que quede claro: esto no quiere decir que el feminismo moderno, el sexo casual o la promiscuidad liberen y empoderen a las mujeres. No lo hacen. Cualquiera que haya seguido mi trabajo a lo largo de los años sabe cuál es mi postura respecto a las políticas de género radicales y los estragos que han dejado a su paso.

El feminismo actual sigue siendo un problema generalizado y pernicioso. Pero la machosfera musulmana, que presenta a la mujer media como poco más que una intrigante manipuladora que necesita una lección, no ofrece ninguna solución.

Mientras que los red-pillers laicos afirman simplemente revelar verdades que las mujeres desean ignorar, los influencers musulmanes alegan un mandato divino para exigir que las mujeres sean más recatadas, más sumisas y más dispuestas a aceptar cualquier castigo que estos hombres consideren que merecen. Los ideólogos originales del red pill tenían que justificar la dominación masculina; los influencers islámicos pueden remitirse al mandato de Alá.

Para el autoproclamado gurú musulmán de consejos para hombres, la liberación de la mujer ha desatado el infierno en la Tierra, y sólo una aceptación total del patriarcado islámico puede restablecer el orden. Los miembros de la machosfera original recurrían la psicología evolutiva para respaldar sus afirmaciones. Sus homólogos musulmanes invocan la propia religión.

Esto es relevante porque la religión confiere un aire de autoridad incuestionable, un barniz de inviolabilidad. Hay un abismo de diferencia entre un influencer resentido que dice a los hombres cómo comportarse y otro que afirma que Dios ya ha zanjado el asunto. El primero puede ser cuestionado como opinión o rebatido como consejo. El segundo, en cambio, puede imponerse como mandato divino, como mandamiento sagrado.

No se puede hablar de la machosfera musulmana sin mencionar a Nicolas Kenn De Balinthazy, también conocido como Sneako. Este influencer subversivo cuenta con una audiencia de millones, y sus palabras tienen un peso considerable. Sneako, un protegido de Tate, se convirtió al islam en 2023, aprovechando una ideología que le permitiría llevar sus ideas red pill a un público en gran medida sin explotar.

Sneako disfruta de los frutos de la libertad estadounidense al tiempo que utiliza esa misma libertad para denigrar al país que hizo posible su éxito y le permitió hacerse increíblemente rico. Anima a sus seguidores a considerar a las mujeres, especialmente a las blancas, como el enemigo, y al Gobierno de EE. UU. como corrupto e intrínsecamente injusto. En su opinión, el islam ofrece la única salida a esta crisis, una alternativa al liberalismo moderno y a la degeneración generalizada.

A principios de este año, este joven de 28 años saltó a los titulares cuando gritó «Allahu Akbar» en una calle de Nueva York, advirtiendo a sus residentes que el islam acabaría conquistando la capital cultural de Estados Unidos. El islam, declaró, convertiría la ciudad en una «República Islámica», y el mundo entero debería adoptar su ideología.

Este exabrupto dejó al descubierto su absoluto desprecio por los valores occidentales. Antisemita acérrimo y orgullosamente antiamericano, ataca a su propio país y anima a sus seguidores, muchos de ellos jóvenes resentidos, aislados y alienados, a hacer lo mismo. Es más que un iconoclasta: al fusionar los típicos argumentos misóginos con el islam político, Sneako convierte el resentimiento masculino en un rechazo de los valores y libertades occidentales que hicieron posible su propio éxito.

El islam político lleva mucho tiempo explotando agravios culturales para impulsar un orden social y político alternativo y radicalizado. La machosfera musulmana, por lo tanto, debe entenderse como algo más que consejos sobre citas o discusiones en línea sobre mujeres que se creen con derecho a todo. Los influencers musulmanes toman prestado el lenguaje del resentimiento masculino del movimiento red pill y lo invisten con la autoridad de un poder superior. Al hacerlo, dotan a un viejo proyecto ideológico de un nuevo atractivo entre una nueva generación de hombres jóvenes.

Antes, cuando un hombre no conseguía un match en Tinder o era rechazado al intentar ligar con una mujer en un bar, podía culpar al feminismo. La machosfera musulmana le ofrece otro culpable: la propia occidentalización. Sus decepciones y fracasos personales se convierten en pruebas de que toda una civilización ha perdido el rumbo. Se le insta a adoptar el gobierno teocrático como única solución. Aquí es donde el movimiento va más allá de disputas sobre citas, convirtiendo el resentimiento privado en hostilidad hacia la misma sociedad en la que estos hombres trabajan y viven.

El red pill ofrece al islam un marketing y un contenido expertos en Internet que atraen a un número preocupante de hombres jóvenes e impresionables. El islam, a su vez, impregna el red pill de dogma y convicción religiosos. Juntos, forman una combinación peligrosa y potencialmente letal. Puede que Andrew Tate nunca vuelva a dominar la machosfera como lo hizo en su día. Esto es algo positivo. Pero lo que me inquieta, y debería inquietar a cualquiera que se preocupe por el tirón de las viles subculturas en línea, es que quienes sustituyan a Tate podrían ser mucho peores que él.

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