
Tenemos que tener una conversación seria y madura sobre el islam y las formas muy reales en que está afectando nuestras vidas en el Reino Unido.
Se amontonan los ejemplos, y cada día los políticos, periodistas y académicos miran para otro lado o, peor aún, nos dicen que el problema somos nosotros por darnos cuenta.
La semana pasada, un hombre que intentó asesinar a otro a plena luz del día simplemente porque quemó un libro con «palabras mágicas» quedó en libertad. Imaginaos: un intento de asesinato, motivado por pura ira religiosa, que los tribunales han pasado por alto.
Si se hubiera tratado de cualquier otra ideología, habría sido noticia de primera plana durante semanas.
Y ayer, un hombre llamado Jihad llevó a cabo una yihad en una sinagoga. La noticia se escribe sola.
El simbolismo es escalofriante y, sin embargo, los medios de comunicación lo presentan como si se tratara de otra tragedia aislada, ajena al patrón general. Algunos intentaron desviar la atención hacia la «extrema derecha», otros incluso dijeron que el ataque fue contra una mezquita.
No se trata de un caso aislado. Es algo sistémico. Esta es la realidad: el islam es una ideología colonial y nos está colonizando, seamos lo suficientemente valientes para admitirlo o no.
Mira a tu alrededor: la certificación halal en nuestros alimentos está por todas partes, incluso cuando no la pedimos. El matrimonio entre primos no sólo se tolera, sino que se trata como una norma cultural, a pesar de las consecuencias sociales y genéticas.
Las leyes contra la blasfemia se cuelan por la puerta de atrás, con la policía yendo a las casas de la gente por publicaciones «ofensivas» mientras hace la vista gorda ante amenazas reales. Se impulsa la segregación por sexos en las universidades y los actos públicos. Las escuelas islámicas enseñan a las criaturas a separarse de la sociedad en general.
La sharia se está infiltrando en la ley de familia, y se presiona a las mujeres para que acudan a tribunales religiosos en lugar de acceder al sistema judicial. Hay zonas enteras de nuestras ciudades donde la cultura británica es una sombra en su propia tierra.
Y fíjate en lo que le pasó a un profesor de Batley: sigue escondido, desde hace años, por atreverse a mostrar una caricatura considerada inapropiada en una clase.
Un estudiante que estropeó un poco un Corán fue tratado como un criminal, y su madre tuvo que pedir perdón públicamente. Esto no es sólo «sensibilidad cultural», es la aplicación de códigos de blasfemia, importados directamente del mundo islámico y que nuestras instituciones obedecen dócilmente.
Y luego están las marchas. Las enormes manifestaciones a favor de Palestina pueden parecer a algunos una expresión de indignación popular, pero también están siendo amplificadas y financiadas por intereses islámicos extranjeros con agendas políticas. El dinero y la influencia que vienen del extranjero están llegando a gran escala al Reino Unido, financiando mítines, ONG y grupos comunitarios, aumentando la participación y cambiando los términos del debate.
No se trata sólo de protestas, sino de ingeniería política: agotar nuestra atención pública y nuestros recursos, avivar las divisiones y dificultar que las instituciones británicas mayoritarias respondan de manera eficaz a los problemas muy reales que existen en nuestro territorio.
Parte de la razón por la que la gente aquí no comprende que las naciones islámicas son perfectamente capaces de practicar el colonialismo es porque tienen en la cabeza una imagen racista y anticuada. Se imaginan «Oriente Medio» como pueblos polvorientos, pequeñas chozas en el desierto, camellos y pobreza.
Pero esa ya no es la realidad, si es que alguna vez lo fue. Lo que deberíais imaginar son los rascacielos de Dubái, los megaproyectos de Arabia Saudí, la obscena riqueza de Catar, la influencia de los Emiratos.
Son Estados ricos en petróleo, con bolsillos sin fondo y ambiciones globales. Cuando se entiende esto, se ve lo ingenuo que es pensar que no pueden colonizar, influir o remodelar otras naciones. Con ese dinero, ese poder y ese alcance, no sólo es posible, sino que es fácil.
Cada vez que alguien se atreve a señalar esto, se lanzan las mismas etiquetas manidas: racista, intolerante, islamófoba. Es una táctica para silenciar. Pero la realidad es que nada de eso cambia los hechos.
Me niego a aceptarlo. Me niego a someterme a ello. Y todos debemos hacer lo mismo. Porque si no lo hacemos, el Reino Unido no será más que otro país islámico dentro de unas décadas. No es una exageración. Es lo que muestra la trayectoria.
¿No me creéis? Preguntaos por qué tantos países forman parte del mundo islámico hoy en día. ¿Pensáis que todos lo eligieron libremente? No. Fueron colonizados. Fueron conquistados. Fueron convertidos por la fuerza, por la guerra, por la intimidación.
Sí, sé que en la escuela nos enseñan que la colonización fue algo que sólo hicieron los europeos blancos. Pero los árabes lo estaban haciendo siglos antes, y eran muy, muy buenos en ello. Y la verdad es que no han parado.
La historia no miente. Desde el norte de África hasta Persia, desde los Balcanes hasta la India, desde Indonesia hasta España, el islam se extendió a través de la conquista, no a través de la coexistencia pacífica.
Y cada vez, la historia fue la misma: una cultura próspera sometida, sus tradiciones borradas o absorbidas, su pueblo obligado a obedecer o enfrentarse a la violencia. Eso no es historia antigua. Es un patrón que continúa hoy en día, en Europa, en el Reino Unido, justo delante de nuestras narices.
Nuestros políticos pueden fingir que la amenaza no es real, pero saben que lo es, y nosotros también lo sabemos. Por eso varios diputados tuvieron que reforzar su seguridad durante las últimas elecciones, simplemente por hacer su trabajo.
La elección que se nos plantea es clara: o despertamos, nos armamos de valor y defendemos la cultura, los valores y las libertades que las generaciones anteriores construyeron y por las que murieron, o los perderemos. No lentamente, no de forma abstracta, sino en el transcurso de nuestras propias vidas.
Y no os equivoquéis: la sumisión no es seguridad. Es el primer paso hacia la desaparición.
Así que adelante, seguid llamándome «facha» si eso os hace sentir inteligentes. Seguid fingiendo que señalar lo que está sucediendo a nuestro alrededor es el verdadero peligro, y no la ideología que impulsa los ataques con cuchillos, el vigilantismo de la blasfemia, el terrorismo en las sinagogas y las importadas dinámicas de poder en las calles.
Estoy harta. Estoy harta de que me difamen por decir lo que todo el mundo puede ver con sus propios ojos.
Pero esta es la verdad: vuestros insultos no cambian la realidad. No van a parar lo que se avecina. Podéis llamarlo «extrema derecha» todo lo que queráis, pero mientras tanto, el islam avanza, coloniza y se arraiga cada vez más en nuestras instituciones y en la vida pública. Y a menos que lo afrontemos, perderemos este país.
Así que elegid: podéis seguir burlándoos de gente como yo o podéis despertar de una vez. En cualquier caso, el reloj está corriendo.


4 respuestas
Se están aprovechando del buenismo de la sociedad europea y no nos estamos dando cuenta, da igual la derecha que la izquierda, todos nos están vendiendo.
Estoy muy de acuerdo.
Hola.
Aunque no conozco la situación en el Reino Unido, puedo imaginar que, desgraciadamente, el buenismo y/o el poder económico están intentando imponer la aplicación de la sharia y, en general, algunas prácticas misóginas del islam.
No comparto, sin embargo, lo que se comenta con respecto a las marchas propalestinas, contra el genocidio israelí en Gaza. Rechazar la misoginia de las religiones (incl. la judía) no implica callar frente al sionismo criminal.
Fíjate que en el Reino Unido ya hay 85 tribunales de la sharia, llevan funcionando años, te dejo un enlace:
https://salagre.com/como-el-reino-unido-se-convirtio-en-la-capital-occidental-de-los-tribunales-de-la-sharia/
Creo que ya vamos tarde, es imparable, y ya sabemos que lo que pasa en el mundo anglosajón nos acaba llegando.
Un saludo, María Luisa.