Ha pasado de defender los derechos de los presos políticos a defender el derecho de los hombres a usar los baños de mujeres.

¿Formas parte, o has formado parte alguna vez, del movimiento «anti-género»? Si alguna vez has puesto los ojos en blanco al ver a un drag queen leyendo a criaturas o le has dicho a un tío que saque su culo peludo del baño de mujeres, Amnistía Internacional quiere tener unas palabras contigo.
Su nuevo informe, «Una amenaza creciente: el movimiento anti derechos en el Reino Unido», se publicó recientemente y luego, como un camarada caído en desgracia, desapareció discretamente de la página web de la organización menos de 24 horas después. Antes de su repentino truco de desaparición, Amnistía advirtió que un «ecosistema anti derechos» amenazaba «la seguridad de las mujeres y las personas LGBT+ en el Reino Unido». Identificó 117 organizaciones que supuestamente trabajan para hacer retroceder los derechos humanos, metiendo en el mismo saco a grupos cristianos estadounidenses con un mosaico de organizaciones feministas, lesbianas y gais británicas. Entre estos supuestos extremistas se encuentra Beira’s Place (artículo en español), el centro de ayuda a mujeres víctimas de violación de Edimburgo creado con el apoyo de J. K. Rowling después de que la red escocesa de ayuda a mujeres violadas, financiada con fondos públicos, abandonara su compromiso de ofrecer servicios exclusivos para mujeres.
No es la primera vez que Amnistía se ha metido en el asunto y se ha encontrado en el bando perdedor. En 2024, intervino en el caso presentado por For Women Scotland (artículo en español) ante el Tribunal Supremo. En lugar de defender los derechos de las mujeres, Amnistía apoyó el argumento del Gobierno escocés de que los hombres con certificado de reconocimiento de género debían considerarse mujeres en virtud de la Ley de Igualdad. El tribunal rechazó por unanimidad esa postura y dictaminó, en cambio, que el «sexo» en la ley se refiere al sexo biológico.
Que la gente de a pie simplemente se haya hartado de la tiranía trans, o haya llegado por sí misma a la conclusión de que los derechos basados en el sexo merecen ser defendidos, no parece haberle pasado por la cabeza a los quejicas profesionales de Amnistía, que pecan de un exceso de estudios y sufren de falta de reflexión. Tampoco, al parecer, la desafortunada imagen que da el hecho de elaborar listas de enemigos ideológicos y luego borrarlas calladamente.
Como me cuenta una portavoz de «Trans Widows’ Voices», una organización que apoya a las mujeres cuyos maridos o parejas adoptan identidades trans, ella solía pensar que Amnistía era «algo bueno cuando se ocupaba de los presos políticos», pero ahora:
«Incluir a Viudas Trans e Hijos e Hijas de Transicionadores en una lista de grupos anti derechos es inconcebible. Es acoso por parte de una organización multinacional a redes de base de mujeres, que a menudo son supervivientes de violencia doméstica. Amnistía no ha hecho ningún intento por dialogar con nosotras, y no entendemos qué derechos afirman que pretendemos eliminar ni a quién se los queremos quitar».
Al ponerse del lado de travestis agresivos que exigen ser considerados vulnerables, y de mujeres jóvenes convencidas de que testosterona y una doble mastectomía pueden convertirlas en hombres, Amnistía Internacional está abandonando a las personas que más necesitan su protección.
Los investigadores de Amnistía, sin duda bien remunerados, también tergiversan profundamente las principales objeciones a la ideología de identidad de género. Su último informe afirma que algunos grupos «se describen a sí mismos como “anti-género” porque se oponen abiertamente a los derechos y la igualdad de las mujeres y las personas LGBT+». A continuación, afirma que «los actores anti-derechos buscan una sociedad en la que mujeres y hombres tengan roles fijos y diferenciados, basados en lo que ellos consideran “natural” y “tradicional”».
Como una especie de reportera metida dentro del movimiento que Amnistía condena, puedo dar fe de que los críticos más acérrimos de la ideología de identidad de género siempre han sido las feministas y los activistas LGB. Lo que les une no es el deseo de volver a los roles sexistas tradicionales, sino el reconocimiento de que los seres humanos son u hombres o mujeres, de que el sexo no se puede cambiar y de que las diferencias físicas entre los sexos son importantes. Los hombres cometen la inmensa mayoría de los delitos violentos y son, de media, más fuertes que las mujeres. Es por esa razón por la que las mujeres llevamos mucho tiempo luchando por espacios y servicios separados por sexos, para que podamos ocupar el lugar que nos corresponde en la vida pública.
Reconocer la realidad no es lo mismo que imponer roles sociales. Más bien al contrario. Las feministas buscaban cambiar la sociedad para liberar a la gente de estereotipos sexistas. Los activistas de la identidad de género buscan cambiar sus cuerpos para adaptarlos a sus delirios. Si alguien de Amnistía Internacional se hubiera molestado en hablar con las organizaciones a las que denuncia, quizá lo habría descubierto.
Esta es la organización que una vez se erigió como la conciencia del mundo libre: defensora de disidentes y de quienes plantaban cara al poder autoritario. Hoy, Amnistía Internacional se asemeja peligrosamente a las mismas fuerzas que fue creada para combatir. Propaga la desinformación contra la que dice luchar, tacha a activistas de base de extremistas y presenta a personas corrientes que rechazan negar la realidad biológica como enemigas de los derechos humanos. La organización que antes defendía a los presos de conciencia parece ahora decidida a señalar a una nueva generación de criminales del pensamiento.

